Columnistas

Illimani santo

Esta ciudad es un abismo y una montaña y sabemos que desde el abismo solo se puede ir para arriba

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva

00:00 / 26 de marzo de 2015

La Paz fue la primera ciudad que conocí en la década del sesenta, yo venía de un pueblito de la llanura y me pareció inmensa y ajena, tanto que no me animé a salir solo por miedo a perderme entre tantas calles de subidas y bajadas. La Paz se encuentra sumergida en pleno altiplano y se nos presenta de improviso cuando desde El Alto llegamos al precipicio, y el descenso, paradójicamente, nos conduce a las alturas. Esta ciudad, por extraño que parezca, es un abismo y una montaña y sabemos que desde el abismo solamente se puede ir para arriba, llegar al cielo. Poco a poco la fui conociendo y amando como una ciudad única por su apariencia mestiza que oculta una invisible y antigua ciudad aymara. La ciudad del Illimani, la montaña de los tres poderes: el de la tierra, el de la palabra y el de la gente, contiene a la otra que la habita como un espíritu andino ancestral.

Estas reflexiones me nacieron después de quedar maravillado con el libro Illimani santo de ese extraordinario fotógrafo que es Tony Suárez, un tipo fuera de serie, amable, siempre buena onda, cariñoso y solidario.

El libro es inmenso, no solamente por el formato, de un metro desplegado, sino por la inmensidad de la propuesta para mostrar a la montaña que cuida a su ciudad. Tony lo estuvo espiando con su cámara desde hace muchos años, pero especialmente desde su departamento en el último piso de un edificio del emblemático barrio paceño de Sopocachi. Fueron tres años seguidos que lo contempló para tomarle fotografías, días soleados, nublados, fríos, con lluvia, de noche, al atardecer, por la madrugada, en fin... Tony ama la montaña y la montaña lo ama tanto que posó para él. Cuenta Tony: “A insistencia de María Teresa Rojas (Matecha), mi compañera, una mujer extraordinaria que ha hecho la curaduría de este libro y me aconsejó con la edición y mucho más, vivimos en un departamento con una vista bellísima de mi Illimani y así vivo uno de mis sueños, que me permite todas las mañanas ver la sorpresa de cómo despierta el día. Te fotografío Illimani porque estás ahí, como hago con mis hijos, Eduardo, Valentina y Laura para que siempre pueda ver los cambios y tenerlos conmigo.”

Roberto Valcárcel dice de este libro: “La exquisita serie de fotografías que nos ofrece Antonio Suárez en este magnífico libro me hace ver otras facetas del majestuoso bicho. Este excepcional fotógrafo ha logrado, mediante la notable diversidad de aproximaciones o lecturas del sujeto, hacerme caer en cuenta que este bicho cubierto de blanco tiene estados de ánimo, tiene sus momentos de sosiego, otros de notable agresividad, algunos dulcetes y romanticones, otros misteriosos, lúgubres, tétricos (...) Comienzo a comprender al Illimani de otro modo”. Tal vez, como dijo Franz Tamayo en su poema Illimani: “Aquí la nieve es mítica, /la luz seráfica. / Y la línea orográfica/ se ensalma pítica/ más capta el monte/ Ágatas  y amatistas/ Del horizonte”. O simplemente como bien dijo Jaime Sáenz, “El Illimani se está, es algo que no se mira. / En el Illimani, el cielo, es lo que se mira; el espacio de la montaña”.

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