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El verdadero desarrollo son libertades y oportunidades para todos, no recuerdos sórdidos

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Zapp

03:47 / 18 de octubre de 2014

Desde hace 20 años o más, he visitado Bolivia de manera recurrente, siempre alrededor del tema de la pobreza. Las tecnologías y las organizaciones han sido una de mis especialidades y tema de la mayoría de los libros que he publicado. Hay un asunto, sin embargo, dentro del cual me siento totalmente ajeno a esta cultura: “el Litoral”.

No he encontrado, hasta ahora, a ningún campesino, pensador, ministro o presidente que no considere la pérdida del litoral como una afrenta que debe ser satisfecha y borrada de la historia, por cualquier medio, para recuperar: “el orgullo nacional”. Colombia perdió Panamá (el centro de su escudo); ni siquiera en una guerra, sino, arrebatado en una minirrevolución artificial promovida por Teddy Roosevelt y garantizada por un acorazado norteamericano: ¡I took Panamá! Lo aceptamos como un sino de nuestra debilidad después de una revolución, esa sí fratricida, y 20 años después nadie se acordaba del hecho; mantenemos las mejores relaciones con Panamá y con EEUU; más bien, le cedimos a Costa Rica un territorio abandonado del Caribe al norte, lo cual nos hizo más hermanos aún.

Alemania en 1918 tuvo que entregar territorios tan ancestrales como nuestro Potosí a Polonia, a Bélgica, a Francia, a Checoslovaquia y hasta a Dinamarca; y en la Segunda Guerra mundial otras áreas de Prusia y Sajonia. En esos lugares todavía el idioma es el alemán.

El orgullo colombiano más reciente es haber superado a la economía argentina, ahogada en un socialismo infantil por sus resultados, y ser ahora la tercera de Latinoamérica, en un territorio equivalente al boliviano. El actual orgullo de Alemania es el de ser el motor de la Unión Europea, formada en buena parte por aquellos ante los cuales entregamos territorios vitales. Prusia Oriental, la tierra de mis antecesores, es hoy territorio de Polonia, y naturalmente amo y admiro el esfuerzo polaco por entrar con enorme vitalidad, por la puerta grande, al mundo desarrollado. Hay admiración genuina y fraternal, y no rencor de ningún tipo.

Bolivia, para entrar por esa puerta grande del desarrollo, debe, en mi concepto absolutamente impopular, olvidar la afrenta, por demás obvia, de haber perdido una guerra económica, inventada por los compradores ingleses de guano y salitre, y de la cual fueron héroes antepasados míos como los Yanguas. En nuestro subcontinente, Bolivia y Paraguay continúan con su pensamiento retrógrado limitante por una pérdida territorial equivalente a cualquier otra en el mundo.

El verdadero desarrollo, ese que envidiamos en japoneses, coreanos, gringos y europeos, son libertades y oportunidades para todos, no recuerdos sórdidos de tres o cuatro generaciones atrás, reciclados para alimentar un orgullo improductivo en la dinámica del mundo actual. ¡Perdón!

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