Columnistas

Incomunicados

La Razón (Edición Impresa)

00:09 / 01 de febrero de 2018

Semáforo rojo, dos minibuses, uno junto al otro, miro a los pasajeros de al lado y todos, absolutamente todos, están mirando su celular, excepto un niño que también me mira. Intercambiamos una sonrisa, casi somos amigos. Parte el vehículo, ahí va mi casi amigo. Su madre, que va junto a él, no se enteró. Diez minutos después camino por el centro de la ciudad. Paso delante de la fila en una oficina pública, casi todos están hablando por teléfono o chateando, también hay un par de niños que tienen sus propios celulares y juegan o se comunican quién sabe con qué o con quién.

Quizás los bancos, algunas embajadas o las aulas son los únicos lugares donde no está permitido usar celulares, y son los momentos en los que la gente podría comunicarse entre sí, pero entonces no surgen los temas. El hábito de conversar necesita de algún nuevo instructivo enviado por internet, porque hemos perdido la espontaneidad de la charla, el bastarse por uno mismo en el arte de inventar la conversación por el gusto de relacionarnos entre humanos, llamarnos en un cumpleaños y felicitarnos de viva voz; qué fácil resulta mandar un mensaje acompañado de una carita feliz, pero qué impersonal.

Esta carencia se hace más evidente en los padres que se comunican poco o nada con sus hijos. Han perdido práctica, genio y talento para hablar sobre cualquier tema. Los expertos dicen que las personas desarrollan sus habilidades lingüísticas, sociales y emocionales en los primeros tres años de vida. Los padres o cualquier adulto que acompañe a un niño lo hará desaparecer, como por arte de magia, al preferir su celular a la trabajosa tarea de intercambiar algunas palabras con ese niño. De esa manera estamos criando un mundo de ignorados o no existentes, a los que prohibiremos usar el celular en la mesa.

Está muy cerca el inicio del año escolar, se intensificarán las comunicaciones vía WhastApp. Es verdad que nunca cesaron durante las vacaciones, pero al menos se redujeron los chismes que ahora anuncian su debut anual con mucha tela que cortar: nuevos profesores para afligir, nuevos alumnos para indagar sobre sus datos, ¿dónde viven?, ¿cómo viven?, ¿quiénes son sus padres, sus abuelos, tíos y todo su árbol genealógico?, ¿si tienen mucha o poca tarea?, ¿que si el material es caro o no?; para luego tomar decisiones entre los creadores del grupo y sentenciar si aceptarán cumplir con las reglas del colegio y las que ponga el profesor o si preferirán declarar la guerra desde el celular: arma que, con un solo click, mata a uno o a mil, según sea el objetivo.

No cuesta mucho imaginar el caos que se armaría si mañana se cayese el sistema en todo el mundo y tuviésemos que comunicarnos como antes, de viva voz y como seres comunes y corrientes, sin celular de por medio.

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