Columnistas

Indignados, resentidos, arrepentidos...

Esta explosiva mezcla de incongruencias y la impotencia para resolverlas me ausó igual indignación

La Razón / A fuego lento - Édgar Arandia

00:02 / 08 de abril de 2012

El planeta ha enriquecido sus movimientos sociales en este siglo XXI. Este hecho se hizo ostensiblemente notorio en Bolivia, particularmente en La Paz y El Alto, ciudades que han generado nuevas acciones comunitarias para mejorar la vida o empeorarla. Así como en Europa emergieron los indignados, en la política plurinacional hay nuevos géneros y roles creados por las rupturas en el entramado del poder, otrora usufructuado por clanes familiares que sienten ahora que les tocó el turno de sentirse excluidos; de tal manera que recurrieron a las viejas prácticas sociales de aplaudirse a sí mismos en reuniones y conferencias. También crearon publicaciones, muy bien hechas, para leerse entre ellos y de alguna manera consolarse.

En los corrillos políticos oficialistas corre la voz sobre sus actividades y no los consideran peligrosos, porque hasta ahora sólo se los ve en las páginas sociales, en conferencias de un tradicional club paceño, donde uno de ellos dictó una conferencia sobre el mar y le escucharon los mismos de hace 25 años. En la Fundación Milenio (ONG del MNR sostenida por donaciones de fundaciones norteamericanas) ocurre otro tanto: los mismos achachis sonriendo para las cámaras de las páginas sociales, entremezclados con una activa intelectualidad de exizquierdistas que sirvieron a Sánchez de Lozada, ahora prófugo.

Ahora aparecieron en escena los arrepentidos y los emputados. Vayamos por orden: El Instituto Prisma, según mi compadre, en realidad cobija el germen de un partido y son las letras de la sigla que significa: Partido Revolucionario de Izquierda Marxista Arrepentida. Desde allí mantienen un órgano de prensa en el que escriben y actúan en grupo. Aparte de leerse entre ellos, hay personas de clase media que los sigue, reproduciendo el viejo error de querer conducir un carro sin chofer, sin pasajeros y sin camino.

Así llegamos al último grupo del que tomé conciencia militante, porque me afectó directamente. Se trata de mis vecinos que ya no soportaron más los malos tratos y abusos de los choferes del transporte público, entonces la junta de vecinos movilizó a sus bases para (¡cuándo no!)  bloquear la ruta y solicitar que se vayan los minibuseros con su cumbia chicha a otra parte. La interrupción duró más de una semana y produjo un amago de división por grupos de vecinos de la avenida  Periférica (la mayoría gremiales y comerciantes) que apoyaban a los susodichos choferes de mala suerte. La trifulca no pasó a mayores entre, y cuando indagué a un vecino de armas tomar, diciéndole (en tono académico), que esta situación era indignante, me respondió enfurecido: “Nosotros  no somos los indignados ¡No-sotros somos los emputados¡”.

Durante más de diez días subí y bajé a pie mi ladera, vi sus árboles esqueléticos, sus canastones de basura doblados, los escombros que arrojan los vecinos amontonados junto a las veredas, la poca infraestructura municipal destruida. Fue entonces que sentí subir una calentura por mis adoloridos t’usus y combiné mi ejercicio con noticias sobre una exautoridad que conducía su automotor en estado de ebriedad, atropellando y poniendo en riesgo la vida de toda una familia, y que, como si nada hubiera ocurrido, vuelve a su cargo en el ¡Ministerio de Justicia!

Esta explosiva mezcla de incongruencias y la impotencia para resolverlas me causó el mismo estado de ánimo que el de mis vecinos. Por lo menos, yo tengo esta columna para desfogarme y sacar mis demonios en este Domingo de Resurrección, y así preservar la esperanza de que es posible cambiar la sociedad y las pequeñas cosas que hacen las grandes. Amén.

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