Columnistas

Indio contra indio

Hoy no tengo otra cosa que la boca abierta, y como no quiero que entren las moscas, me toca reflexionar.

La Razón (Edición Impresa) / Julieta Paredes Carvajal

23:48 / 16 de septiembre de 2017

Me han sorprendido fuertemente las opiniones de Felipe Quispe. El Mallku siempre ha significado para mí el hermano y compañero provocador, incisivo con  sus palabras, que propiciaba a la reflexión. Hoy no tengo otra cosa que la boca abierta, y como no quiero que entren las moscas, me toca reflexionar sobre cómo se dan estos virajes tan contradictorios en la humanidad. Siempre digo que nosotras y nosotros los indígenas no somos ningunos santitos ni angelitos, no somos el buen salvaje que por ejemplo los ecologistas esperarían de nosotros. Somos humanas y humanos.

El proceso de cambio tiene la virtud de convocarnos como un espacio cuestionador donde la individualidad debiera nutrir lo colectivo, pero es claro que a veces no sucede así; que las amarguras y frustraciones suelen sacar las más terribles expresiones del egocentrismo e individualismo; que se aleja de la discusión política aquella práctica valiosa que muchas veces en las contradicciones ha suscitado nuevas ideas.

Paulo Freire nos habló de las decisiones asumidas por los oprimidos al enfrentar las alternativas que nos plantean las luchas frente a los poderes. La internalización del opresor es uno de los caminos que convierte al proletario en capataz y al afrodescendiente, en el caporal; y muchas veces éstos suelen ser igual o más crueles que el opresor. El oprimido invadido por el opresor odia al oprimido que decide luchar, porque es la prueba que se puede ser y hacer otra cosa.

También hemos hablado del blanqueamiento que los y las indígenas enfrentamos en el proceso de cambio como una forma de librarnos de la angustia racista de ser morenos. Ese racismo que nos marca los cuerpos desde el hecho colonial de 1492, que ha producido luchas de rebelión, resistencia y revolución; y que nos pone en la disyuntiva de negar nuestra piel y nuestra memoria o de reconocernos y mirarnos al espejo para amar nuestros cuerpos y la memoria de nuestros pueblos.

Es necesario respirar y no dejar que la rabia nos nuble. Finalmente las llamas, las alpacas y las vicuñas (nuestros hermanos auquénidos) tienen una lana que abriga y los más hermosos ojos, con pestañas que parecen trabajadas en el spa de la Pachamama. Y quiero reflexionar sobre la maravillosa defensa de las llamas que es el escupir. Según los que estudian el comportamiento de estos animalitos, este mecanismo de defensa no quiere agredir, sino más bien disuadir para evitar que las lastimen. En realidad, las llamitas tienen miedo cuando escupen.

Distinta es la actitud de Felipe Quispe; está instigando en Achacachi desde la amargura y el resentimiento, creo yo, a la confrontación entre hermanas y hermanos, contra hermanos y hermanas. Las y los aymaras no somos santitos, pero hoy no vamos a necesitar españoles para matar los sueños, los vamos a matar peleándonos entre nosotros. Nos calmaremos, nos escucharemos y veremos las formas de entendernos; así los violentos no tendrán oportunidad de podrir nuestros corazones.

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