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Indolencia

La indolencia con la que los servidores públicos asumen sus funciones no puede justificarse.

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:06 / 11 de septiembre de 2016

El diccionario dice que indolencia es una actitud de apatía o dejadez, pero escudriñando la palabra, podemos mejor definirla como una ausencia de dolencias, o sea, la capacidad de no sentir, de ser indiferente ante las injusticias o los dolores que pasan delante tuyo.

En la sala de Emergencias del Hospital Obrero hay solo 12 sillas que se disputan a diario decenas de pacientes que sufren dolores intensos (de otro modo, no habrían ido a Emergencias). Y la actitud de los enfermeros, doctores y administrativos es de total indolencia. ¿Cuántas horas deben permanecer de pie enfermos graves hasta que llamen su ficha? No les afecta. ¿Cuánto puede costar poner sillas suficientes para que los enfermos por lo menos esperen sentados? No interesa. Mi dolencia es otra (parecen decirnos los trabajadores en salud): las largas horas de trabajo, la insuficiencia de espacios, de insumos, de médicos, de personal de apoyo. Todas justificaciones reales, todas razones lógicas para la espera, pero no para el trato despótico, para la falta de tino y tacto y humanidad en el intercambio con personas que están sufriendo.

Una mujer va a denunciar o a solicitar un certificado médico forense después de haber sido golpeada por su pareja. Y es una decisión que cuesta mucho tomar, pues implica un cambio completo de vida. Pero lo que encuentra en todas las oficinas por las que debe pasar es una completa indolencia. No hay empatía, no hay consuelo, no hay información;  muchas veces no hay fiscales, no hay cuadernos de investigación, no hay presupuesto para notificaciones y diligencias, no hay justicia. ¿Cuánto acopio de coraje puede haberle costado a una víctima de violencia o de violación acudir a sentar una denuncia? No les importa. ¿A qué se expone una mujer al regresar a su casa luego de haber denunciado a su esposo ante la Policía? No es su problema. Mi dolencia es otra (parecen decirnos los operadores de justicia): hay muy pocos jueces y fiscales para demasiadas causas. Estamos hacinados en oficinas sin computadoras, sin internet, a veces hasta sin papel. Nuestro presupuesto es insuficiente. Todas razones reales, que se evidencian en la visita a cualquier juzgado, pero que no justifican el trato indolente, la falta de solidaridad y de mínimo respeto hacia víctimas de delitos que vienen buscando ayuda y resarcimiento.

Es probable que las personas que trabajan en instituciones donde a diario se debe lidiar con sufrimientos se armen de una indolencia extrema para poder llegar a la noche con cierta cordura. No me imagino lo que debe ser tener que escuchar cada día historias de violencia, ver signos de enfermedad, tratar traumas, recibir denuncias. Pero quien ha elegido una carrera en la Medicina, la Enfermería o la Justicia sabía que ésa es justamente la naturaleza de sus funciones, y que su servicio a la sociedad consiste en lidiar con esos dolores y buscarles soluciones transitorias o definitivas. Por eso, la indolencia con la que asumen sus funciones no puede justificarse: la sensibilidad y el trato amable es tan fundamental en su trabajo como el conocimiento o la experiencia.

¿De qué le sirve a un paciente recibir una medicina si para tenerla ha tenido que levantarse de madrugada para mendigar una ficha? ¿A qué sabe la justicia lograda a fuerza de humillaciones y sinsabores? ¿Cómo puede un servidor público (sea médico, fiscal, enfermero o policía) dormir tranquilo y sentirse orgulloso de las personas con las que ha tratado durante un día si esas personas solo recuerdan de él la mirada glacial, las horas de espera, el trato torpe y la total indolencia con que los han atendido?

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