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Indolente criminal

Es de lamentar que la decisión de no agredir a una mujer pase hoy en día por evitar un castigo

La Razón (Edición Impresa) / Delina Pineda Fernández

00:02 / 10 de abril de 2015

El término dulzura designa belleza, sencillez y ternura, cualidades que hacen referencia no solamente a los niños y niñas, sino también a las mujeres. En la antigüedad la fertilidad era muy respetada, en agradecimiento a la bendición que significa para los pueblos. Por eso, una mujer encinta era cuidada con mucho esmero por su compañero, quien estaba consciente de que su vientre acogía a las nuevas generaciones. Esto trae a mi memoria la hermosa serie La familia Ingalls (The Little House on the Prairie). A pesar de su antigüedad, este programa sigue siendo transmitido por televisión, provocando nostalgia entre propios y extraños, porque, como asertivamente escuché, muestra “una forma de vida que hoy parecería de otro planeta”.

En esta ocasión quiero rescatar el respeto, la dedicación y fidelidad del protagonista de esa serie hacia su esposa; así como la educación que impartía, con amor y disciplina, a sus hijos. En el pasado, cualquier indicio de maltrato hacia una mujer representaba un agravio en contra de su cónyuge, quien se encargaba de no dejar pasar por alto la afrenta, evitando así que se repita en el futuro. Qué gran sociedad ¿no creen? Hoy son pocos los varones que hacen práctico y real el término “caballero”; parece que aquella palabra ya no está “de moda”, ¿no les parece? Realmente es penoso que los valores de antaño, que se vivían con todas sus letras, hoy sean solo palabras y no pasen de ser buenos recuerdos.

Muchos compartirán la sensación de repugnancia que causa el hecho de que una mujer, por el simple hecho de ser mujer, sea victimizada, ofendida, asediada, golpeada, ultrajada e incluso asesinada, sin importar que sea adulta, adolescente o niña. Me pregunto, ¿no pasará por la mente de quienes cometen estos terribles crímenes que sus propias hijas, nietas, hermanas, madre, esposa o amiga también pueden ser víctimas de las mismas agresiones que ellos cometen? ¿Se darán cuenta de que sus víctimas forman parte de la vida de otras personas que también se convierten en víctimas a través de su delito? Entonces me respondo: ¡por supuesto que lo saben! Pero son renuentes y negligentes con su propia conciencia, y por el contrario, son esclavos de su lujuria y sus placeres. Quiero redundar: ¡qué horror!

Lamentablemente nos encontramos ante una sociedad cuyos miembros, en su mayoría, debe ser condicionados a un castigo para no cometer dichos crímenes. Es de lamentar que la decisión de no agredir a una mujer pase por evitar un castigo, cuando debería darse por retracción al propio apoteósico ego, como debe ser. Pretender erradicar este fenómeno no es posible; sin embargo, tengamos presente que podría estar en nuestras manos el evitar una vida llena de secuelas dolorosas e incluso la muerte de una persona. 

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