Columnistas

Inexorable avance de China

China no solamente está construyendo su economía, sino también una nueva geopolítica en Asia

La Razón (Edición Impresa) / Fareed Zakaria

03:58 / 11 de julio de 2015

En enero de 2007, no mucho después de que George W. Bush anunció la entrada de las tropas estadounidenses en Irak, justo estaba almorzando con un amigo de origen chino que es un integrante del partido comunista con buenas conexiones. Le pregunté cómo estaban recibiendo la noticia en Beijing. Me contestó lo siguiente: “Esperamos que envíen al Ejército estadounidense entero a Irak y permanezcan allí los próximos diez años. Entretanto, continuaremos con el desarrollo de nuestra economía”. Esta semana, mientras viajaba por el sudeste de Asia, recordé esta historia. Mientras el Estado Islámico, Irán y Grecia captan la atención del mundo occidental, China avanza, excepto que ahora no solamente está construyendo su economía, sino también una nueva geopolítica en Asia.

Las imágenes satelitales tomadas esta semana muestran que China prácticamente ha terminado una pista de aterrizaje en una de las varias islas artificiales que ha creado en el archipiélago de Spratley en el último año y medio. Todas sus acciones en esta área están destinadas a consolidar sus demandas de hegemonía respecto al 90% del Mar de China Meridional, una ruta estratégica mundial a través de la cual circulan aproximadamente $us 5 billones de dólares en el comercio internacional cada año. Estos reclamos están siendo discutidos actualmente por Filipinas, Vietnam, Malasia, Brunei y Taiwán.

El presidente chino Xi Jinping ha marcado una diferencia con sus predecesores al aceptar abiertamente una política extranjera activista, al hablar sobre el sueño del Asia-Pacífico, y anunciar emprendimientos como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y la Ruta de la Seda. Hay una avalancha de dinero detrás de esa retórica. El investigador David Shambaugh señala que si uno suma las inversiones prometidas por China en todos estos emprendimientos regionales, el total es de $us 1,41 billones. El Plan Marshall, en comparación, tuvo el costo de $us 103.000 millones en dólares actuales.

Un diplomático del sureste asiático de alto nivel me explicó que China está utilizando dinero y presión para sobornar a los países de la región. Señaló que la ayuda es a menudo cuidadosamente enfocada para que, por ejemplo, el dinero enviado a Malasia sea dirigido específicamente al estado de Pahang, la base política del primer ministro. “En Myanmar y Tailandia (los chinos) se aseguran que los generales se beneficien con los contratos”, dijo. En países más pequeños como Camboya y Laos, el dinero chino domina la economía.

Beijing también está ampliando sus opciones militarmente con el reclamo en Spratley y una expansión considerable de los sistemas de misiles de base terrestre del país. Además, Beijing ha estado construyendo silenciosamente represas en los ríos que fluyen por sus fronteras, desde Mekong hasta Brahmaputra, lo que le va a proporcionar la capacidad para, en caso de una crisis internacional, realizar cortes de agua en Cambodia e India.

Los políticos en Singapur me dijeron que Beijing incluso ha comenzado a extenderse hacia los habitantes de Singapur de origen chino, y está impulsando la política exterior de esta ciudad-Estado, que permanece firmemente aliada con Estados Unidos, hacia una dirección más pro-China. “Los diplomáticos de la embajada china contactan a los electores sionistas y les dan información para que estén preparados”, me dijo un político. “Patrocinan viajes con todos los gastos pagados a China para todos los jóvenes de Singapur de origen chino. Son activos, comprometidos e inteligentes”.

Sin embargo, ¿cómo ven los diplomáticos del sudeste asiático a Estados Unidos? Lo consideran como un país distraído y, en gran medida, ausente. Todos los intelectuales asiáticos con los que he conversado reconocen que la administración Obama posee una estrategia básica adecuada en su pivote asiático, pero le reprochan su escaso seguimiento y su deficiente puesta en práctica. Estaban alentados por las movidas hacia delante en el Congreso estadounidense sobre el acuerdo comercial de la Alianza Transpacífica, pero temen que ha tardado demasiado frente a los avances chinos implacables.

“La consejera de Seguridad Nacional, Susan Rice, no parece saber tanto sobre Asia ni le parece importar mucho; el secretario de Estado, John Kerry, se distrajo por su búsqueda de la paz en Oriente Medio; el presidente Barack Obama ha cancelado varios viajes programados a Asia”, me dijo un diplomático. “Finalmente, con el secretario de Defensa, Ash Carter, contamos con un estratega en el Pentágono y ya ha contribuido a cambiar la situación. Los chinos son más cautos”.

La realidad de que lidiar con la creciente influencia de China en Asia sea especialmente dificultosa se debe a que gran parte de ésta es inevitable y podría ser favorable. China es el socio comercial más importante de casi todas las economías asiáticas, incluso Australia. Su creciente participación podría ser beneficiosa. Sin embargo, también produce una gran ansiedad respecto al dominio político. Los países de aquí esperan que Estados Unidos desaliente a China, pero también lo involucran. No desean afectar la atmósfera básica de los negocios, el comercio y la cortesía sionista que ha permitido el auge de varios países asiáticos.

“No esperamos solamente contramedidas por parte de Washington, sino una diplomacia sofisticada, matizada y constante”, dice Kishore Mahbubani, ex secretario de Asuntos Exteriores de Singapur. “Fueron capaces de lograrlo durante la Guerra Fría, cuando competían con la Unión Soviética. Tuvieron que escuchar a los residentes, cortejar países y, por encima de todo, estar profunda y continuamente comprometidos. Ya no puedo observar esto”.

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