Columnistas

Infierno en el corazón del África

480.000 refugiados, víctimas de la barbarie del siglo XXI, han invadido países vecinos, implorando asilo

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:01 / 04 de enero de 2014

Las proyecciones demográficas estiman que en 2050 África tendrá mayor población que la China y la India juntas, añadiendo junto a sus penurias actuales un duro fardo para el resto del planeta, o por el contrario,  constituyéndose en el reservorio de las ingentes riquezas naturales aún inexplotadas de su vasto territorio. Sin embargo, en la actualidad las luchas intestinas por el control del poder político, sean por rivalidades étnicas o religiosas, provocan serios dramas humanos traducidos en sangrientas masacres e incesantes flujos de miles de refugiados en busca de santuarios que les conserven la vida.

Si ayer fue la desestabilización de Mali, hoy es el turno de la República Centroafricana, una de las naciones más pobres de la región, cuya historia reciente registra la instauración de un imperio de risueño recuerdo. En efecto, el 1 de enero de 1966, Jean- Bedel Bokassa, antiguo oficial del Ejército, se apoderó de la presidencia hasta el 4 de diciembre de 1976, fecha en que juzgó que la función le resultaba pequeña en comparación a su exuberante personalidad, alimentada por un ego insaciable; y en esas circunstancias decidió autoproclamarse “emperador” del Imperio Centroafricano, súbitamente inventado. Para ello, el 4 de diciembre de 1977  organizó una fastuosa ceremonia en ocasión de su coronación, reconocida por países vecinos y —mediante el discutido regalo de un puñado de diamantes al entonces presidente Valery Giscardd’ Estaing— enaltecida por la propia exmetrópoli francesa. La bacanal, con cientos de convidados, costó 20 millones de dólares.

No obstante, tres años más tarde, un grupo de militares desafectos, irónicamente con el apoyo francés, demolió en pocas horas las áureas imperiales y encerró al monarca en una celda sin boato real alguno. Bokassa terminó sus días en 1996, cargado de acusaciones y deudas que culminaron en el remate de su castillo de Hardricourt, que había adquirido en Francia. Un ataque cardiaco hizo que la dinastía quedara trunca, pese a los 54 hijos que sus 17 esposas le habían ofrendado.

Últimamente, la sucesión de golpes y contragolpes nos lleva a la acción protagonizada por Michel Djotodia, jefe de la Seleka (“alianza” en lengua sango) el 24 de marzo de 2013, que derroca a Francois Bozizé, el entonces presidente de la República Centroafricana, quien opta por abandonar la capital, Bangui, dejándola a merced de la soldadesca golpista, que somete a la población a un saqueo inmisericorde salpicado de ejecuciones sumarias, violaciones y vejaciones varias. La Seleka recluta a su paso al lumpen local y a mercenarios sudaneses y chadianos. Pronto se constata un Estado fallido que se desmorona, dando paso al caos que impera en sus 620.000 km2 de superficie, ante la indiferencia internacional que solo reaccionó cuando Francia acudió al Consejo de Seguridad para dar legitimidad a una intervención unilateral en su antigua colonia, corazón del continente y fronteriza con seis países. Por añadidura, el pillaje toma otro color. Bangui, ciudad en un 85% cristiana, está asediada por los rebeldes de la Seleka, conformada por islamistas radicales. Es cuando el conflicto denota características de guerra religiosa, que desata un enfrentamiento entre cristianos y musulmanes. Parece ser una cruzada medioeval, estilo africano. El presidente Djotodia, sin poder y sin presidencia, disuelve por decreto su milicia Seleka, pero ésta, sin acatar, continúa depredando ante la impotencia de Micopax, la fuerza de paz africana.

Se dice que es para detener las masacres y no solo por usufructuar el uranio centroafricano que el presidente francés, Francois Hollande, organizó la segunda acción bélica durante este año en África, con el objetivo de desarmar a los bandos en pugna, gestión por la que se le atribuye el apodo de  gendarme de la región. Entre tanto, 480.000 refugiados invaden territorios vecinos, implorando asilo para mujeres, niños y ancianos, víctimas de la barbarie del siglo XXI.

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