Columnistas

Inflación silenciosa

La Razón (Edición Impresa) / La columna sindical - Iván Condori Gutiérrez

00:00 / 13 de marzo de 2016

La inflación silenciosa que vive el país (aquella que no aparece en los registros oficiales del Gobierno) está desgastando la economía de las familias más desfavorecidas, pues son ellas las que emplean una mayor proporción de sus ingresos para la adquisición de alimentos, anulando su capacidad de ahorro.

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), la gestión 2015 cerró con una inflación acumulada de 2,95%, cifra que supuestamente fue inferior a lo que el Ejecutivo había proyectado para ese año: 5,5%. A pesar de estas estadísticas, lo cierto es que para las amas de casa hacer mercado se ha convertido en toda una odisea, pues los ingresos que obtienen por un salario mensual o a través del trabajo informal no alcanza para adquirir los alimentos de primera necesidad, cuyos precios se han incrementado sustancialmente.

Para este año, se proyecta un crecimiento del 5% del PIB, y una inflación del 5,3%, según estimaciones del Viceministerio de Presupuesto y Contabilidad Fiscal. A su vez el INE registró en enero de 2016 una variación porcentual positiva del IPC de 0,41% con respecto al mismo periodo de 2015. Pero las amas de casa que cada fin de semana hacen compras señalan que los precios han subido en un porcentaje bastante mayor respecto al mes pasado (enero). Por ejemplo, la arroba de papa estaba en Bs 32, y ahora cuesta Bs 45, es decir 40% más; la de arveja pasó de Bs 2 a 3 (50% más cara); a principios de año, la arroba de cebolla costaba Bs 45, y hoy, 60 (33% más); la arroba de zanahoria subió de Bs 20 a 30 (50% más); el kilo de queso subió de Bs 18 a 22 (22% más); el precio del sábalo se incrementó en 60%, al pasar de Bs 25 a 40; y el kilo del pollo se incrementó en 45%, al trepar de Bs 11 a 16.

La inflación silenciosa se traduce en la pérdida de poder adquisitivo de los salarios, y en los hechos se resume en no poder comer bien, no poder vestir bien, no poder tener atención médica de calidad, no poder acceder a medicamentos, en la imposibilidad de ir a una escuela, no poder tener casa propia y etc. A raíz de este fenómeno, el enojo es generalizado entre las amas de casa. En cualquier sitio del país se escuchan frases como: “la plata no me alcanza para nada, tengo que pedir hasta prestado para cubrir el mes”, “llego a la quincena con unos centavos”, fruto del aumento generalizado de la mayoría de los productos agrícolas, perecederos y no perecederos.

Los ministros del Estado se molestan cuando relacionamos la inflación con el precio de los alimentos. Pero aunque se disgusten, los mayores precios de los alimentos son una señal de la inflación real, aquella que no aparece en las estadísticas oficiales; y los más pobres son los que llevan, de forma silenciosa, la peor parte en esta historia.

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