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Instrucciones para ver cine mudo

El cine mudo nos devuelve la magia de lo artesanal, de lo hecho con las manos, despacito

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo *

00:33 / 10 de mayo de 2017

El primer espectador que llega a la cola del Cine Teatro Municipal 6 de Agosto tiene la cabeza cana y camina despacio. Se acerca al “Badanowski” y le pregunta si ya va a empezar la película muda. El señor mayor no es cualquier señor, en sus años mozos llevaba rollos pesados de un cine a otro, corriendo, como si la vida de los protagonistas de las películas dependieran de su velocidad: del Princesa en la Comercio al París en la plaza Murillo, a la carrera. De repente, la cola se ha hecho larga. Y lo que más asombra es la gente joven que quiere ver cine mudo. Cuando media hora después arranca Un viaje a la luna (1902) y después Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1920) ya son más de 100 espectadores en la sala, oscura y silenciosa salvo por el sonido furioso de un piano enternecedor.

¿Cómo ver y escuchar cine mudo en el siglo XXI? ¿Por qué de repente la prehistoria del celuloide se ha puesto de moda y llama la atención de los jóvenes? Hace un siglo las instrucciones para ver cine silente y comportarse durante la proyección eran sencillas: “señoras, tengan ustedes la amabilidad de quitarse el sombrero o ¿les gustaría sentarse detrás del gran tocado que ustedes están usando?”. Los ruidos y los obstáculos visuales eran un problema. Ahora lo son los celulares, la incapacidad que tenemos de desconectarnos por un par de horas del mundo, el miedo de no contestar al “guasap”, el abismo de no recibir un “me gusta”; de no reportarnos ante el padre, la novia, la esposa y la madre que nos parió.

Esto no pasa con el cine mudo, es raro. Creo que existe un pacto. Un pacto entre el pasado y sus espectadores. Quizás es la magia del cine mudo. Tal vez es el esfuerzo que hay que hacer para codificar de nuevo imagen sin sonido y esas frases que nos explican el milagro de pisar la luna con la imaginación, de temer los dedos alargados y tenebrosos de míster Hyde, o de querer salir corriendo porque viene hacia nosotros, como el tren, el maldito jorobado de Notre Dame.

Ahora que las películas, rápidas y furiosas, son fabricadas por computadoras y hasta los filmes para niños mayores se hacen con pura tecnología, el cine mudo nos devuelve la magia de lo artesanal, de lo hecho con las manos, despacito. Georges Méliès, el autor de Un viaje a la luna, el primer filme de ciencia ficción de la historia del cine, coloreaba los filmes a mano, con unas placas llamadas pochoris, como el orfebre que hace pescaditos de oro.

Viendo estos añejos filmes te das cuenta también de que muchas de las cosas casi imperceptibles que hoy aparecen en las películas o en la tele tienen su origen en el cine mudo. Si cuando vemos en una sala que el chofer de un carro dirige la mirada hacia el retrovisor suponemos que se viene una persecución, lo sabemos porque a alguien alguna vez se le ocurrió convertir ese gesto en símbolo de suspenso. Quizás es por eso que gusta el cine mudo a los changos; es que te trata como un espectador inteligente, te “obliga” a pensar, te seduce lentamente para soñar. ¿No es el cine de hoy en día, el masivo de pipocas y sorbito desagradable de refresco, fabricado para justamente lo contrario, para que no pienses, para que no sientas, para adormecer? En el cine mudo lees, para ver, otra cosa tan vieja que algún día tendrá que ponerse de “moda”. Entonces leer se convertirá en el verdadero súper poder.

Allá en la prehistoria muda del cine las pelis eran rodadas en una frecuencia de 16 fotogramas por segundo, no los veloces 24 fotogramas por segundo de la actualidad. Quizás esa alteración del ritmo, esa querencia por la pausa, por lo lento, es la que nos desconecta. Probablemente eso es lo que más gusta a las nuevas generaciones. Y acaso es lo que vuelve a enamorar al señor mayor que en sus tiempos felices iba corriendo con sus rollos llenos de magia a cuestas por las calles de La Paz.

O quizás simplemente sea la curiosidad. Hoy, miércoles, toca otra vez cine mudo en el 6 de Agosto, pasan el Viaje a la luna y el jorobado. Y en dos semanas, el Acorazado Potemkin de Su Majestad. La revolución siempre fue silenciosa, como la del viejo cine.

* es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique.

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