Columnistas

Intermitencias de la muerte

Saramago reivindica la necesidad de la muerte, una idea  que casi siempre se nos escapa.

La Razón / Verónica Córdova

00:00 / 17 de marzo de 2013

Tomo este título de una novela de Saramago, que cuenta de un pequeño país donde un día sucede que nadie muere. Y a la alegría inicial de la inmortalidad, le sucede de a poco la desazón, el desequilibrio y, por último, la total desesperanza. El que siempre soñó con la inmortalidad se encuentra de pronto con miles de personas que, negadas de muerte, vegetan en cuerpos que siguen envejeciendo y deteriorándose, en agonía permanente. El que desarrolló la técnica se halla de pronto ante la perspectiva real de no morir nunca, y las aterradoras consecuencias de esa realidad son suficientes para decir “prefiero morir mil veces”. Lo que Saramago hace en esta novela es reivindicar la necesidad de la muerte, su importancia, una idea que casi siempre se nos escapa, en especial en semanas como ésta.

Un hombre joven, en la cúspide de su poder, ruega entre dientes “no dejen que me muera”. Y ni la banda presidencial, ni las grandes obras que todavía tenía pendientes, ni el amor de millones son suficientes para que se cumpla esa orden. Su cadáver es llevado en hombros por una muchedumbre, decenas de autoridades se reúnen para darle honores, sus amigos le juran lealtad hasta la muerte.

Otro joven, debatiéndose entre el remordimiento y el miedo, decide amarrar un cinto de un árbol y acabar con su propia vida. Su cadáver cuelga por días a la merced del tiempo y de los animales. Sus acciones son condenadas, su identidad es puesta en duda, sus tristes despojos son perpetuados en la imaginación colectiva.

Cuando muere un grande, como Hugo Chávez, o muere cualquiera de los otros que aunque vivan vidas humildes son grandes por lo grande que es el amor que les tenemos, cuesta mucho recuperarse. La primera reacción es preservar sus objetos, su imagen, sus palabras, su cuerpo para darles vida adicional, tiempo extra, y para seguirlos mirando a través del cristal, para convencernos de que es él, de que no nos engañan los ojos o los aparatos políticos o los medios masivos.

Cuando muere un ser temido, como llegó a ser Jorge Clavijo, nos cuesta también aceptar que ya no está para amedrentarnos. Necesitamos ver, mirar, oler, reconocer, recontar células y dudar de todo. Necesitamos aferrarnos a nuestro miedo porque de alguna manera ha pasado a reemplazar al dolor, a enmascararlo.

Dos historias tan distintas, dos hombres de vidas tan disímiles, dos legados tan diferentes; y sin embargo, en palabras de Saramago, “todo es igual a todo porque todo tendrá un único fin, ése en que una parte de ti siempre tendrá que pensar y que es la marca oscura de tu irremediable humanidad”.

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