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Intolerancia

Si pudiésemos ver los temas con tolerancia, veríamos que son mucho más simples de lo que aparentan.

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:01 / 09 de junio de 2013

El mes pasado un historiador francés entró a la Catedral de París y, frente a turistas, sacerdotes y rezadores, se pegó un balazo en la boca. En una carta, que dejó en el altar de la iglesia antes de su suicidio, explicaba que la razón para esta dramática medida era protestar por la recientemente aprobada ley que permite a homosexuales en ese país casarse y adoptar niños.

En temas como estos (homosexualidad, contracepción, aborto) es normal que existan posiciones extremas y férreas, puesto que hacen a decisiones y valores que las religiones capitalizan, inyectándolas de contenidos que van mucho más allá de sus propias implicancias. Pero si fuéramos capaces de ver los temas con cierta tolerancia, veríamos que son mucho más simples de lo que aparentan.

Si eres heterosexual y se aprueba en el país una ley de matrimonio igualitario, ¿será que entonces estarás obligado a casarte con alguien de tu mismo sexo? Por supuesto que no. El matrimonio igualitario simplemente extiende a todos el derecho a casarse con quien amen y así asegurarse mutuamente la herencia, seguridad social y propiedad de bienes que los demás matrimonios poseen. ¿En qué les afecta el hecho de que otras personas adquieran los derechos que los heterosexuales ya tienen? ¿Por qué tendría que ser motivo de medidas extremas?

Existen también parejas (heterosexuales y homosexuales) que no están de acuerdo con el matrimonio, pues no creen que deberían someterse a una institución que ha sido y es patriarcal y discriminadora. Están en su derecho de no utilizarla. No por ello, sin embargo, pueden forzar a parejas que sí desean casarse a no hacerlo.

Es todo cuestión de tolerancia. Hay sociedades, culturas y sobre todo religiones que asumen para sí mismas no sólo el derecho a creer y profesar lo que consideran correcto, sino además a forzar a los demás a vivir y decidir en función de esas creencias, aunque no las compartan. En un Estado laico como ahora es Bolivia, todas las personas deben ser escuchadas y sus derechos protegidos independientemente de la religión que profesan. Y el derecho a casarse y establecer una familia no puede ser restringido ni tampoco forzado a ninguna persona; es una decisión emocional, propia, humana, íntima, que nace de la voluntad y del amor, de la necesidad o del deseo de compartir con alguien tu vida. ¿Por qué alguien debería suicidarse para impedir que otro lo haga? Esa es la expresión máxima de la intolerancia.

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