Columnistas

Invadir la ciudad

La calle se convirtió en el sustento de vida de muchos inmigrantes rurales que llegaron a La Paz

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:06 / 18 de febrero de 2016

La ciudad contemporánea parece relatar cómo las urbes en la historia han evolucionado también dentro de realidades adversas. Nos referimos a los distintos hechos que se vivieron en las urbes durante los tiempos y especialmente a aquellos movimientos que invadieron los centros históricos de ciertas ciudades latinoamericanas.

La Paz es una ciudad cuya realidad es capaz de relatar el proceso de transformación que tuvo como sociedad y en su desarrollo urbano. Es una urbe que de alguna manera nos muestra cómo fue irrumpida por la migración de inmigrantes rurales en sus pendientes perimetrales (laderas). El desordenado crecimiento de esos sectores desfavorecidos logró construir una urbe de dos rostros: el de la ciudad planificada y el de la ciudad sin planificación alguna, donde el asentamiento arbitrario en el territorio de las laderas se fue convirtiendo en un problema por resolver. Una realidad reflejada en la vida del individuo, quien agobiado por las necesidades y responsabilidades que toda urbe exige, se sintió obligado a encontrar nuevas formas de subsistencia, que lo llevaron a invadir la ciudad, ocupando calles y avenidas con la instalación de anaqueles. Conquista a fin de cuentas de un sector social que encontró en esas arterias una esperanza de solución al problema de su economía de subsistencia.

Desde ese momento, la calle se convirtió en el sustento de vida de esa parte de la población, y su habitar en viviendas precarias en las laderas cambió la imagen urbana de La Paz, con ejemplos como el de Cotahuma, que en la actualidad es un barrio cuyos suelos de erosión profunda no dejan de mostrar el recorrido de aguas subterráneas.

Lo inconcebible es que esas altas pendientes no cuentan con líneas de transporte público y menos con calles vehiculares. Sin embargo, en los últimos años, allí han ido apareciendo edificaciones de cuatro a cinco plantas en las que el hormigón armado, el uso de distintos materiales de construcción y los vidrios raibanizados parecen evidenciar que esa población que ayer vivía con el dinero de vender en las calles hoy puede transformar y cualificar su vivienda, y por ende, elevar su calidad de vida.

A pesar de ello, no cabe duda que toda invasión es una agresión a la ciudad y al transeúnte. En el caso de La Paz, los anaqueles se han ido consolidando como parte de sus calles, hasta el punto que éstos cuentan con instalación de luz eléctrica. Una realidad social que se ha convertido en un problema serio para quienes gobiernan esta urbe, ya que existen lugares donde su autoridad ha sido rebasada y dichos anaqueles aparecen sin autorización alguna.

Sin embargo, no se debe dejar de reconocer que ese mundo comercial construye “situaciones significantes”, cuyos episodios de vida de la población desfavorecida económicamente logran, en un espacio de un metro cuadrado, no solo mantener a familias, sino que luego éstas hereden dichos puestos de venta de generación en generación.

El invadir las ciudades con el comercio es irrumpir en su desarrollo normal, no solo porque se hace un uso arbitrario de las calles, sino porque de alguna manera se expresa realidades de pobreza. A ello se suma el hecho de que en algunos puestos de venta hay gente joven que pasa sentada, de forma inerte, más de 12 horas al día. Esa juventud desaprovechada y que se halla en plena edad productiva debiera tener mayores oportunidades de educación, a fin de que se conviertan en otros constructores de La Paz, como ciudad imaginada.

Es arquitecta.

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