Columnistas

Irak desaparece

El descontento de los sunitas no se debe a aspectos como la falta de empleo, se trata de la vida o la muerte

La Razón (Edición Impresa) / Fareed Zakaria

01:28 / 06 de junio de 2015

El secretario de defensa Ash Carter habló erróneamente hace dos semanas con aseveraciones que causaron una tormenta de controversias tanto en Washington como en Bagdad. Explicó la toma de poder de Ramadi de la siguiente manera: “Las fuerzas iraquíes no mostraron ninguna voluntad de luchar”. Carter olvidó completar la oración y agregar las palabras “por Irak”.

Está claro que existen muchas personas dispuestas a luchar de manera feroz y con valentía en aquella región del mundo. Basta con hacer notar los elevados niveles de violencia. Los kurdos luchan ferozmente por Kurdistán. Los chiítas han estado peleando tenazmente por su pueblo. Los sunitas del Estado Islámico están matando y muriendo por su causa. Sin embargo, nadie está listo para pelear por Irak. El problema realmente no consiste en el colapso del Ejército iraquí. Irak mismo ha colapsado.

El Estado Islámico es, en el fondo, una insurrección contra los gobiernos de Irak y de Siria. Y ninguna insurrección puede prosperar sin tener algo de apoyo de la población local. El Estado Islámico obtiene ese respaldo de las contrariadas poblaciones sunitas de ambos países, que sienten que están siendo perseguidas por los gobiernos de los chiítas y los alauitas.

Munqith al-Dagher dirige una empresa encuestadora en Irak que ha realizado más de un millón de entrevistas en el país a lo largo de la última década. Los resultados de estas investigaciones señalan que la gran mayoría de los sunitas desprecia al Estado Islámico. A su vez, más del 90% de los iraquíes que viven en áreas dominadas por los sunitas lo consideran una organización terrorista. A pesar de esto, el grupo extremista ha sido capaz de aprovechar “el grave y profundo descontento que sentían los sunitas con respecto al Gobierno central iraquí”. Antes de la caída de Mosul, el 91% de sus residentes (la mayoría sunitas) dijeron que Irak se dirigía en una dirección equivocada.

El descontento de los sunitas no se debe a pequeños matices como el otorgamiento de empleos y contratos a los chiítas. Se trata de la vida o la muerte. Por ejemplo, en agosto de 2014, una combinación del Ejército iraquí y de las milicias kurdas y chiítas, todos apoyados por el poderío aéreo estadounidense, expulsaron al Estado Islámico de Amerli. “Siguiendo las operaciones para terminar con el asedio de Amerli”, informó Human Rights Watch, las milicias progubernamentales, guerreros voluntarios así como también las fuerzas de seguridad iraquíes atacaron las aldeas sunitas y los pueblos alrededor de Amerli (...) saquearon las posesiones de los civiles (...) incendiaron hogares y empresas de los residentes de las localidades sunitas; y además utilizaron explosivos junto con una maquinaria pesada para destruir edificios individuales o aldeas enteras”, escribió David Kirkpatrick, del diario “The New York Times”, quien  describió el mismo patrón luego de la liberación de Jurf al-Sakhar, cuando 70.000 sunitas fueron expulsados. “El representante de la ciudad en el Consejo Provincial fue su único miembro sunita y fue encontrado muerto con una bala en su frente”, agregó.

La inmensa mayoría de los sunitas se oponen al Estado Islámico y huyen de cada lugar del cual se apoderan. Pero no encuentran ciudades en las cuales puedan reasentarse. La limpieza étnica de Irak, en la cual los chiítas se trasladan a regiones chiítas y los kurdos y sunitas se comportan de igual modo, comenzó con la guerra civil en 2006. Sin embargo, se ha acelerado de forma alarmante. Incluso Bagdad, que antes era una ciudad diversa y mixta, ahora ha sido segregada a enclaves étnicos sectarios y se ha convertido en gran parte en chiíta.

Actualmente Irak ya no existe. En  2008, el 80% de los encuestados comentaron que eran “iraquíes por encima de todo”. Hoy en día ese número es tan solo del 40%. Los kurdos no han desperdiciado ninguna oportunidad para seguir mejorando su considerable autonomía que ya poseen. Recientemente le pregunté a un político de esa etnia cuántos kurdos apoyarían la independencia de sus provincias. Me respondió: “entre un 99 y un 100%”. Doce años después de la caída de Saddam Hussein, los kurdos y el Gobierno de Bagdad no se ponen de acuerdo en un trato para compartir los ingresos del petróleo.

En junio del 2014, Kenneth Pollack, de la institución de Brookings, escribió un astuto ensayo para el periódico The Wall Street Journal, en el cual resumió siete leyes y normas de conducta que Irak debería poner en práctica para otorgar confianza a las comunidades no chiítas así como su participación en el país. Argumentó que la ayuda militar estadounidense debería estar condicionada por la promulgación de estos cambios. Casi un año después, Irak solo ha cumplido con una de estas condiciones.

La división sectaria está siendo exacerbada por el exterior. Irán apoya al Gobierno de Bagdad y a las milicias chiítas. A su vez, los regímenes sunitas, tales como Arabia Saudita, han financiado grupos militantes sunitas tanto en Irak como en Siria, y se han rehusado a apoyar al Gobierno de Bagdad incluso en su lucha contra el Estado Islámico. Luego de muchos anuncios de ataques aéreos árabes, fuerzas y ayudas militares, la realidad sigue siendo que muchos de los estados árabes alrededor de Irak se encuentran más en contra de los chiítas que en contra del Estado Islámico. Tal vez los republicanos que alientan que los estadounidenses se unan a la “fuerza árabe” para luchar contra el grupo extremista aún no se han dado cuenta, pero no hay tal fuerza árabe.

Washington puede proporcionar ayuda, adiestramiento, armas, aviones de combate e incluso tropas. No obstante, no puede mantener unida una nación que se cae a pedazos.

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