Columnistas

El Estado Islámico contra el mundo

El Daesh está borrando las fronteras artificiales trazadas por el acuerdo franco-británico de 1916.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:04 / 18 de julio de 2015

Hace más de un año vaticinamos en esta misma columna que la proclamación romántica del Califato y la subsecuente instauración del Estado Islámico eran elementos que cambiarían la geopolítica de Medio Oriente. Observadores optimistas creyeron que, como en el caso de Al Qaeda y otros segmentos del islamismo radical, esa inédita irrupción violenta e inmisericorde con el adversario sería recluida y aniquilada por el poderío militar occidental y sus aliados árabes, tanto que Obama prometió solemnemente su inminente destrucción. Sin embargo, en su primer aniversario natal, el EI saludó a sus enemigos con tres estruendosos atentados que estremecieron al planeta entero: la cabeza de un francés decapitado colgando en su propia verja, 37 turistas acribillados en una playa tunecina y 70 devotos chiítas ejecutados en su mezquita favorita.

El genio militar y religioso del avance islamista que día a día crece en territorio, población y recursos financieros ostenta como nombre completo: Abu Bakr al-Bagdadi-al Qurashi- al Husseini, nacido en Diyala (Irak) hace 44 años y doctorado en Bagdad en estudios islámicos. Cuando en junio de 2014 tomó militarmente la ciudad de Mossul, en el este iraquí, se apoderó de $us 400 millones  en depósitos bancarios, además de helicópteros, centenas de camiones, vehículos blindados, armas ultramodernas americanas donadas al Ejército regular que huyó despavorido, abandonando cohetes antitanques, miles de ametralladoras, material para visión nocturna, explosivos, etc.

El autoproclamado califa comenzó a construir su liderazgo en 2004 desde el campo de concentración de Bucca, adoptando como base a sus camaradas prisioneros de todas las tendencias musulmanas. Su carisma y superioridad intelectual se impusieron fácilmente sobre el resto que admiraba su capacidad para recitar el Corán en diez estilos diferentes. Una vez liberado, no le fue difícil asumir el vacío dejado por el líder de la resistencia antiamericana Abu Mousar el Zarkaoui, y reformular la estrategia armada del yihadismo modificando el concepto de guerrillas móviles por conquistas territoriales consolidadas que sirvan de asiento al EI, absorbiendo las poblaciones existentes para imponerles tributos e implantar en el ámbito conquistado usos y costumbres de una sharia (ley coránica) rigurosa. A ello se añade un sistema de terror con ejecuciones sumarias para los adversarios capturados y   para los disidentes por igual.

Actualmente el EI controla todo el noreste de Irak y un tercio del territorio sirio. Su fuerza se estima en 50.000 efectivos iraquís y sirios, de los cuales 15.000 son extranjeros provenientes de una centena de países (por ejemplo 1.200 franceses y 600 alemanes). El Daesh, acronímico de EI en árabe, explota 60 pozos petrolíferos en Siria y 300 en Irak, lo cual le permite exportar 6.000 barriles diarios de crudo desde Siria y 40.000 en Irak, mediante 200 camiones-cisternas. La coalición formada por 64 países para frenar su avance, aparte de tres victorias tácticas, se ha demostrado poco eficaz para enfrentar en tierra a las huestes enemigas encabezadas por antiguos oficiales del ejército de Saddam Hussein, jefes de tribus sunitas y yihadistas foráneos. Todos ellos motivados y fogueados en anteriores combates. En cambio la coalición solo cuenta con protección aérea, particularmente drones no tripulados, y en tierra con los peshmergas kurdos y brigadas iraquís poco entusiastas para librar guerras y muy proclives a la corrupción.

Mayormente preocupante en los últimos meses es la expansión de la influencia del Daesh en otras latitudes, como en Túnez, Libia y en el África subsahariana. La reciente incursión en la península del Sinaí puso en aprietos a las fuerzas egipcias y mostraron que el EI podría establecer una cabeza de playa en Gaza. En suma, el Daesh está borrando las fronteras artificiales trazadas por el acuerdo franco-británico Sykes-Picot (1916), cuyo objetivo era colonizar a su antojo el mundo árabe, ante la implosión del imperio otomano y su sustitución por reinos y Estados sumisos, sin cohesión interna alguna. Grave error histórico, cuyas consecuencias afloran recién ahora.

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