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Ja, ja, ja... ¿el enemigo no era Al Asad?

Cada vez estoy más convencido de que la guerra es un negocio entre traficantes de armas y políticos

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro A. Tagliavini

00:00 / 01 de octubre de 2014

Los políticos nos hacen reír, nos matan de risa... cuando no nos matan de verdad. Son extremadamente tragicómicos. Se toman las guerras y conflictos con el fanatismo e irracionalidad de los hinchas de fútbol enajenados. No entienden —no quieren entender— que, dice la ciencia, la violencia no solo jamás soluciona ningún conflicto, sino que lo empeora, porque, al aumentar la destrucción y el gasto estatal militar, aumenta la marginalidad y la pobreza, y porque toda guerra cercena las libertades de las personas de ambos bandos.

Meses atrás, los occidentales discutían sanciones a Siria y el apoyo a los enemigos de su presidente, Bashar Al Asad, y hasta una intervención militar directa,  pero Obama finalmente desistió, sobre todo cuando se dio cuenta de que apoyar a los enemigos de Al Asad era apoyar, directa o indirectamente, al fortalecimiento y crecimiento del Estado Islámico (EI) y otros grupos terroristas. Insólitamente, ahora viró 180 grados su perspectiva y bombardea en Siria, pero a los enemigos de Al Asad, como el EI, cuyos  yihadistas utilizan armas de EEUU, es decir que recibe los disparos de sus propias armas; mientras Israel, aliado tradicional de Washington, derriba un avión sirio que estaba bombardeando a los mismos terroristas que bombardea Washington.

Por cierto, muchos terroristas poseen pasaportes occidentales y se mueven cómodamente por distintos países manejando fondos millonarios, muchos originados en otro aliado de Occidente, Arabia Saudita. Siria declaró que apoya los esfuerzos contra los yihadistas,  pero Rusia, “sponsor” de los sirios, dice que la ofensiva supone “una violación de la soberanía” siria. Obama se comprometió a entrenar y armar al Ejército Libre Sirio, que es enemigo de Asad —y que se sospecha vende armas al EI— en bases saudíes.

¿Usted entiende algo? Yo ya no sé quién es enemigo de quién, y cada vez me parece más que la guerra es un negocio entre traficantes de armas y políticos. Pero, como escribió el experto Afzal Ashraf para la BBC, “la amenaza de EI (parece) mayor y la situación más pesimista de lo que es”. Después de todo, aunque las atrocidades terroristas son incalificables, no se compara con lo que hicieron los “cristianos” Hitler y Stalin. Los políticos tapan la realidad para no ver que los bombardeos son contraproducentes —como los de la OTAN en Libia, que consiguieron que hoy ese país esté peor— y que las guerras son nefastas, como la de Irak, que empeoró las cosas después del fracaso de su multimillonario plan de capacitación de las fuerzas iraquíes.

El típico argumento contra quienes sabemos que la violencia es ineficiente en la defensa es que resulta “utópico” pensar que ciertos conflictos puedan resolverse pacíficamente. Por el contrario, utópico es creer que las fuerzas armadas puedan proveer seguridad. En EEUU, el país que más “seguridad” tiene en términos de tecnología, armamento, personal y gasto estatal, es donde más droga se consume, ergo, donde más se trafica. Dos meses atrás, en el aeropuerto de Fort Worth (Texas) un pasajero que conozco entró al sector de embarque por la puerta de salida sin que nadie lo notara, y hace días un transeúnte entró a la Casa Blanca con un cuchillo. Como contrapartida, las ciudades con más policías son las más violentas. Claramente, los datos empíricos corroboran lo que la ciencia dice: la violencia no puede proporcionar seguridad, solo empeorar las cosas. 

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