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Jack el Destripador acecha a sus víctimas

En el siglo XXI, los  genios torturados son los diseñadores de ropa, como McQueen o el mismo Galliano.

La Razón (Edición Impresa) / Santiago Roncagliolo

00:00 / 29 de marzo de 2015

La noche de febrero de 2010 en que decidió suicidarse, el diseñador Alexander McQueen consumió una dosis conjunta de cocaína, pastillas para dormir y midazolam. No murió. Así que tomó de la cocina un juego de cuchillos y se encerró en el baño para abrirse las muñecas. Tampoco funcionó. Buscó en internet: “¿Cuánto tarda uno en morir después de cortarse las venas?”. Hasta que cambió de táctica. Se colgó de la ducha, pero la alcachofa se rompió. Finalmente lo consiguió. En el clóset. Usó su cinturón favorito marrón.

La semana pasada llegó a Europa Savage Beauty, la exposición de los mejores diseños de McQueen. Después de recibir 660.000 visitas en el Metropolitan Museum de Nueva York, la muestra ha abierto en el Victoria & Albert Museum de Londres. Para la ocasión, la periodista Dana Thomas ha publicado una biografía comparada del diseñador y su colega John Galliano: Gods & Kings (Penguin Press). El libro retrata ese momento de los años noventa en que los creadores de la moda se convirtieron en rock stars. O más bien: Galliano se convirtió en el Camilo Sesto. Y McQueen, en el Sid Vicious.

Los vestidos de McQueen eran oscuros y brutales. Desgarraba las telas como si hubiesen sufrido el ataque de un depredador. Organizaba desfiles espectaculares, que bautizaba con nombres como Jack el Destripador acecha a sus víctimas. Hizo jirones la bandera británica para la chaqueta futurista de David Bowie. E inventó el pantalón que deja al aire el pubis y el principio de la raya de atrás. Sobre todo, este joven inglés de clase obrera dio un nuevo rostro a esa industria para francesas de clase alta que hasta entonces se llamaba “moda”.

A pesar de su talento y su dinero, McQueen nunca logró ser feliz. Podía vender su marca personal por 25 millones de dólares, o recaudar esa misma cantidad en televisión con un solo desfile. Pero su consumo de drogas se salía de límites. Su vida sexual estaba desbocada. Era portador del VIH. Sufría alucinaciones. Creía ser vigilado por fantasmas. En sus últimos meses, sus amigos preocupados trataron de contactarse con él, pero el personal de su compañía lo aislaba para mantenerlo produciendo. Su muerte desesperada, furiosa y colgado de un guardarropa fue solo una metáfora de todo lo demás.

En los viejos tiempos, las historias atormentadas pertenecían a los pintores. Los creadores arrastrados por su sensibilidad eran Van Gogh y su oreja, Pollock y la bebida, Schiele y una temporada en la cárcel por escándalo público. Hoy, los artistas plásticos tienen el pulcro aspecto de profesionales de Bolsa o el glamour de estrellas del espectáculo: Jeff Koons ha sido corredor bursátil. Takashi Murakami produce muñecos de peluche y decora bolsos Louis Vuitton. Damien Hirst lo tiene todo: sus obras no pierden el tiempo en galerías, sino que se subastan directamente usando sofisticadas operaciones de especulación. Y es padrino de la diva pop Lily Allen.

En el siglo XXI, los genios torturados son los diseñadores de ropa, como McQueen o el mismo Galliano, quien, un año después del suicidio de su colega, fue expulsado de la casa Dior por proferir insultos antisemitas en un bar (borracho, patético y solo, pero con un guardaespaldas).

Mientras los pintores se forran (y los diseñadores se autodestruyen como poetas), el fondo de armario toma por asalto los museos. El Victoria & Albert ya había albergado, bajo patrocinio de Gucci, la exposición de ropa de David Bowie, desde los leotardos Starman hasta las corbatas pastel. Para los puristas, eso representa el asesinato del arte y la cultura en las fauces del destripador más brutal: el dinero. Pero la exposición Savage Beauty de Alexander McQueen prueba que un verdadero artista sabe crear en cualquier material, en todos los territorios. Y Koons o Hirst muestran que un director financiero también.

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