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El ‘James Bond’ de Punata ha vuelto

Blanco ha vuelto, con sus virtudes y sus defectos (es un anarquista de derecha), para ser amado y odiado

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:08 / 26 de noviembre de 2014

Me habían contado que Santi Blanco estaba de vagabundo en Cochabamba,  pero no es cierto. El otro día lo vi por la avenida América de la mano de la Gladis, caminando, disfrutando del calorcito de la llajta en un breve rato fugaz de felicidad, inflado de amor. Hace cuatro años, el detective de policía Blanco, Santiago Blanco, se había jubilado cansado de la inutilidad de su trabajo, de la corrupción, del dinero sucio. Blanco jugaba de arquero titular de Homicidios, le apodaban el Dormido porque nunca se movía del arco en los campeonatos internos de la “institución”.

Pero ahora está de vuelta: es investigador privado de día y sereno en el edificio Uribe de noche. Sus peores días han quedado atrás, ha recuperado su reloj Longines, resuelve otra vez casos porque sospecha de todo y se ha reencontrado con el amor de su vida, la Gladis del viejo “clande” de la calle Calama (como la Charo de Pepe Carvalho). El James Bond de Punata ha vuelto para redimir al mundo, para fracasar de nuevo, como un Quijote de los puentes, los pozos, la mugre, la selva cochala. Blanco —curado de espanto— ha recuperado la pasión detectivesca, pero sigue siendo el mismo de siempre: contestón, malcriado con los jefes, irreverente con el patroncito y el poder.

Santiago Blanco ahora está ocupado en sobrevivir, cansado, con unos kilos de más, seguro que con la Gladis juntos tienen futuro. Se ha vuelto nostálgico, tierno, sentimentaloide y... llorón. Es la edad y la Gladis. La comida sigue siendo su perdición: ahora un lapin, más tarde una jak’a lawa y para rematar un antojo de conejo lambreado con chuño y harta llajua.  Se la juega por los escritores que se quedan y colecciona suplementos literarios, que usa como papel higiénico para, entre espera y espera, leer “un Mitre”, el tipo que “mejor simplifica, con maestría, los sentimientos de los hombres”.

Había abandonado hace cuatro años la Policía (¿o fue al revés?) para recuperar su libertad, para ser nadie en este mundo, pero el oficio te persigue siempre. Era y es un tipo lúcido, desengañado, solitario, honesto, comilón, resignado, decente, rebelde sin causa y sin prisa: como los grandes detectives de la literatura universal, desde Marlowe al citado Pepe Carvalho.

Blanco es Cochabamba: la mejor y la peor; la clasista y la racista del bate escondido; la que se da la espalda entre el norte y la zona sur; es la cochabambinidad pura y sin tibiezas; es el amor por su tierra valluna, su infancia perdida en Punata, su rica, variada y abundante gastronomía, desde humintas en chala y rollo de queso por la mañana a un buen mondongo de cordero como platito de la tarde. Y por supuesto, Blanco es chicha y cerveza fría; es la pasión por el “rojo”, la casaca sangre de Wilstermann como su hermano literario, Gonzalo Chaly Lema.

Blanco ha vuelto, con sus virtudes y sus defectos (es un anarquista de derecha), para ser amado y odiado. Ahora que se vienen en los periódicos valoraciones insulsas y anuarios que nadie lee, adelanto mis dos mejores noticias del año: la recopilación de las inéditas novelas policiacas de Fernando Pessoa en Quaresma, descifrador (532 páginas, editorial Acantilado) y esta resurrección de mi detective favorito en La reina del café de Lema (editorial La Hoguera).

Decía el gran Pessoa desde la Lisboa de nuestros corazones que “uno de los pocos divertimentos intelectuales que persisten en lo que aún le queda de intelectual a la humanidad es la lectura de novelas policíacas”. Eso y ver pasar entre las páginas al bueno de Santiago Blanco con Gladis, el amor de su vida, dispuestos a esa ilusión que se debían, a ese “ratito” de felicidad que llegó para quedarse. Sin llorar.

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