Columnistas

Jekyll y Hyde

Cuando encuentra una mínima disidencia, nos amenaza y nos tilda de vándalos y conspiradores.

La Razón / Carmen Beatriz Ruiz

03:55 / 02 de mayo de 2012

El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde es una novela escrita por el inglés Robert Louis Stevenson, publicada por primera vez en 1886. La novela cuenta la historia de un abogado, Gabriel John Utterson, que investiga la extraña relación entre su viejo amigo el Dr. Henry Jekyll  y el violento Edward Hyde. La relación es extraña porque nunca aparecen juntos aunque están íntimamente vinculados, como las dos caras de una moneda.

El Dr. Jekyll es una persona afable, un científico bondadoso, aunque tímido y casi melindroso; el Sr. Hyde es un misántropo energúmeno. El Dr. Jekyll es atildado y bien vestido y el Sr. Hyde corre por el mundo rugiendo con la camisa abierta y los botones reventados. Mientras Hyde hace de las suyas matando gente, el Dr. languidece, hasta que “llega un momento en el que Jekyll se encierra en su laboratorio atenazado por una angustia que nadie comprende. Otro amigo de Utterson, Lanyon, muere de un shock espiritual con el que el señor Jekyll parece estar relacionado. Un día el mayordomo de Jekyll, Poole, pide ayuda a Utterson para tratar con un individuo desconocido que, de alguna forma, ha conseguido entrar en el laboratorio y matar a Jekyll. Ambos descubren que el extraño es Hyde, y cuando consiguen entrar en el laboratorio, encuentran el cadáver de Hyde, que se ha suicidado, mientras que Jekyll no aparece en ninguna parte”.

El libro, dicen los entendidos, “es conocido por ser una representación vívida de la psicopatología correspondiente a un desdoblamiento de personalidad”. Las reseñas anotan que fue un éxito inmediato y uno de las obras más vendidas de Stevenson.

Muchas veces nos encontramos con alguna persona que en una ocasión parece bondadosa y atildada; y al día siguiente, irreconocible, nos muestra la cara energúmena que, según parece, todos guardamos adentro. En fin, cuando se trata de amistades, a veces hasta de parentela, resulta pasable nomás lidiar con las dos personalidades. Pero es más grave en política, peor cuando quienes gobiernan padecen el síndrome del doctor Jekyll y el señor Hyde. ¿O cómo, sino, podemos explicar la conducta de las y los periodistas que discurren en su vida cotidiana como defensores del derecho a la comunicación, a la información y a la libertad de expresión y, de pronto aparecen defendiendo lo indefendible y despotricando contra quien ose no creerlo?

Lo mismo ocurre con algunos ministros que en su vida “civil” fueron defensores de los derechos indígenas, de la construcción de ciudadanía y del medio ambiente, pero luego, seguramente hechizados por el maléfico humito de la vela de los juramentos (ya se sabe que en el Palacio Quemado hay varios fantasmas maliciosos), revierten su discurso como una tortilla en la paila y nos dicen, sin pudor, que el progreso de las carreteras no debe tener cortapisas.  

Pero, el mayor sintomático de todos, el más elocuente, es el jefazo del gobierno, quien en campaña es dulce como un chocolatín, regala tractores y canchas, y hasta piropea, en su estilo, claro, a las ministras. Pero cuando encuentra una mínima disidencia, como Hulk (ese hombrón verde que salta, corre y gruñe en la pantalla) nos amenaza con su dedo acusador y nos tilda de vándalos, sinvergüenzas y conspiradores.

La historia del doctor Jekyll y el señor Hyde, según el escritor inglés Stevenson,  terminó dramáticamente. Los Jekyll y Hyde de la política boliviana, ¿escarmentarán con el voto en las elecciones?

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