Columnistas

Joven inversión

Una parte de la inversión en los jóvenes debe ser material y otra moral, que requiere mayor esfuerzo.

La Razón (Edición Impresa) / Lucía Sauma

00:15 / 21 de julio de 2016

En Bolivia el 45% de la población es joven, una cifra esperanzadora por la energía, creatividad, vitalidad y señal de avance que trae consigo la juventud; ocupa el cuarto lugar en la región como país que invierte más en los jóvenes y el 90% de esa inversión la dedica a la educación. Hasta ahí, una maravilla. La euforia por estas cifras puede disminuir cuando notamos que casi la totalidad de la inversión corresponde a infraestructura y muy poco a la calidad educativa.

La inversión en los jóvenes debe tomar en cuenta una parte material y otra moral. Quizás es más simple y hasta mecánico apostar a la infraestructura; es decir, a la obra de cemento, vidrio y madera. La otra inversión, la moral, es la que requiere de mayor esfuerzo y dedicación, porque entre otras cosas implica una apuesta de aprecio en las habilidades creativas de los propios jóvenes. Significa otorgarles poder real para transformar su vida y la nuestra.Es ahí donde nuestra inversión flaquea, porque —tradicionalistas como somos— preferimos un molde convencional donde la juventud solo imite lo que los adultos pensamos que se debe copiar. Por eso, calificamos como “buen joven” a aquel que realiza los deseos de sus padres. Más aún, es excelente si abandona sus sueños por colocarse la anestesia de una sociedad que, somnolienta, confunde vivir con sobrevivir.

En marzo de este año, el Foro Económico Mundial (FEM) emitió un informe en el que concluye que los jóvenes, para lograr insertarse en el mercado laboral, “tienen que ser expertos en colaboración, comunicación y resolución de problemas, que son algunas de las habilidades desarrolladas a través del aprendizaje social y emocional”.

En ese mismo informe se señalan 16 habilidades necesarias para el siglo XXI. Esas habilidades incluyen seis “alfabetizaciones fundamentales”: la alfabetización convencional (leer y escribir), la alfabetización en aritmética, la ciencia, las tecnologías de la información y comunicación (TIC), las finanzas, la cultura y materias civiles (normas de relacionamiento civil o mercantil). Cuatro competencias: el pensamiento crítico, resolución de problemas, la creatividad, la comunicación y la colaboración. Otras seis competencias de carácter: curiosidad, iniciativa, persistencia, capacidad de adaptación, liderazgo, la conciencia social y cultural.

Cada una de estas habilidades entraña diferentes valores que los adultos hemos conseguido hacer escasear o al menos los hemos ignorado como necesarios para mejorar la calidad de la sociedad. Les debemos a los jóvenes un voto de confianza, permitiendo que nos muestren nuevos caminos para avanzar con un toque de rebeldía como país, como seres humanos, como adultos dispuestos a aprender y compartir el tiempo que en el azar nos ha tocado.

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