Columnistas

Con Juan en Alcalá

Y es que la época del Quijote no fue solo la de hace cuatro siglos, sino también la de ahora

La Razón (Edición Impresa) / Jaime Iturri

03:21 / 01 de mayo de 2015

Hombre de contrastes. Su mano, lejos de estrecharte con fuerza, parecía acariciar tu diestra. Pero cuando habló, lo hizo fuerte y claro, sobre todo cuando cerró su discurso con un contundente “Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia”. Un guiño muy claro a favor de la agrupación política izquierdista que ha removido el piso del electorado español.

En la ceremonia vestía una vieja chaqueta y una corbata de los años 80. Completaba su indumentaria con unos zapatos modelo náutica, que también tuvieron su apogeo hacia ya varios años. Creo que eligió este vestuario a propósito, para acentuar que él no se disfrazaba con la levita.

Tituló su discurso A la llana y sin rodeo, y en él habló sobre el lenguaje cervantino, pero no se refería únicamente al uso del idioma del ingenioso hidalgo que vivía “en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no me quiero acordar”, sino a la mentalidad del Quijote... “e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas, socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad”.

Y es que la época del Quijote no fue solo la de hace cuatro siglos, sino la de ahora, la de esa España desangrada por la corrupción de los políticos tradicionales. Esa península Ibérica donde uno puede comprar pinturas valuadas en mayores y no pagar impuestos; en cambio, no puede ir al cine sin que el fisco le asalte los bolsillos. Entre paréntesis, qué maravilla vivir en un país como Bolivia, donde los libros no pagan impuestos.

Por eso, el ganador del Cervantes 2014, cuyo jurado tuve el honor de integrar, reivindicó en su discurso la necesidad de que los artistas intervengan para cambiar su sociedad. Con semejantes intervenciones es claro que el Ministro de Cultura español tenía razones suficientes para no aplaudir. No hubo problema, Goytisolo tampoco aplaudió la larguísima, pesada y llena de lugares comunes intervención de la autoridad.

Y mientras recorría los pasillos de la Universidad de Alcalá de Henares, donde se produjo la premiación, me decía que sí, que anda, el arriba firmante hubiera tenido una vida académica si no tuviera que ser periodista, por los mismos motivos que Alfonso Quijano enarboló para recorrer los caminos de la vieja Castilla.

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