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Juicio a Debray y asesinato del Che

Hasta donde las leyes establecen y la honestidad política exige, Evo no tiene opción de ser candidato otra vez.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

00:00 / 03 de octubre de 2017

Al igual que el célebre pasaje de la Ilíada en el que Héctor, con su tremolante casco, se despide de su mujer, Ernesto Che Guevara, antes de su incursión a la selva boliviana en la que libraría su última batalla, escribió cartas de despedidas a sus seres queridos: “Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante; vuelvo al camino con mi adarga al brazo (…). Puede ser que ésta sea la definitiva. No la busco, pero está dentro del cálculo lógico de probabilidades. Si es así, va un último abrazo (…). Acuérdense de vez en cuando de este pequeño condottiero del siglo XX”, les expresó a sus papás.

Estas palabras encarnan la intuición que el propio Che tenía por cumplir su papel épico: la vocación heroica de quien conoce su destino y está dispuesto a asumirlo; aunque para este devenir trágico haya intervenido una red de infortunios: sus propios cálculos fallidos, así como carnadas, traiciones y acontecimientos imprevistos que precipitaron el destino aciago del Che. Uno de esos infortunios estuvo conectado con el juicio militar al intelectual francés Regis Debray, quien al igual que el Che teorizó sobre el foquismo como estrategia para la “guerra de las guerrillas” en América Latina. En su afán por experimentar personalmente la vivencia guerrillera, transitó por recovecos tormentosos que precipitaron los acontecimientos con un desenlace dantesco, hasta el punto de erigir a Debray como una especie de antihéroe en antinomia con la valentía del Che.

La investigación sobre cualquier faceta de la vida del mítico combatiente y de la guerrilla forman parte de un debate. La trascendencia histórica adquirida por este líder socialista en los anales políticos se dio no solo a nivel continental, sino también mundial. Empero, la historiografía guevarista se centró exclusivamente en la figura del Che. En su afán por idolatrar o despotricar contra el mítico guerrillero soslayaron a los otros protagonistas, quienes al igual que piezas de ajedrez, incluso en su condición de peones, fueron decisivas para el decurso de la guerrilla.

Debray, sin ser un simple peón, fue una pieza significativa del entramado tablero de ajedrez de la guerrilla guevarista. Parafraseando a Jorge Luis Borges, fue “prisionero (la sentencia es de Omar) de otro tablero de negras noches”. El papel que Debray jugó (su captura y sobre todo su juzgamiento), incluso como parte de una carnada maquiavélica, fue esencial para el acontecer de la guerrilla.

“No tire soldado. ¡Soy el Che!, para ustedes valgo más vivo que muerto”, dijo el comandante guerrillero momentos previos a ser trasladado de La Higuera a Vallegrande en condición de prisionero, para luego ser asesinado amén a las instrucciones de la cúpula del gobierno de Barrientos.

Esas exclamaciones del Che, una especie de suplicio de Sísifo, eran equivocadas, ya que para la trama calculada arteramente por el alto mando miliar del gobierno de Barrientos la vida del Che significaba un incordio no solo por los riesgos que entrañaba tenerlo como prisionero, ya que ello podría alentar, entre otras cosas, un eventual rescate del líder socialista por grupos extremistas de la izquierda; sino sobre todo por el impacto de un eventual juicio militar, ya que por esos días el juicio de Bustos y especialmente de Debray —ambos acusados de pertenecer a la guerrilla guevarista— estaban provocando un revuelo internacional, poniendo en vilo al gobierno de Barrientos. El impacto del juicio al intelectual parisino influyó para asumir la decisión de asesinar al Che.

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