Columnistas

La justicia sin ley

La Razón (Edición Impresa) / Paula Martino, psicóloga, magister en psicoanálisis

00:17 / 24 de enero de 2018

Su relato pedía a gritos silenciosos una restricción perimetral, un impedimento de contacto hacia el género masculino, que ningún hombre se le acerque; ninguno. El único requisito que necesitaba para comenzar a hablar sobre su dolor era que la psicóloga que lo trate sea una mujer.

Habilitada a atravesar su blindaje, trato que este imperativo inicial se corrompa. Entonces el niño, de tan solo 10 años, me cuenta que su temor habitual se le fue de las manos cuando su padre abusó sexualmente de su hermana de ocho años.

La niña mantuvo el silencio mucho menos tiempo de lo que suele suceder en estos casos, hasta que pudiendo diferenciar a los que valen la pena de los que no, se lo contó a él, a él, justo a él que los odia, que les tiene miedo, que no quiere que se le arrimen desde antes que su padre le pegase hasta dejarlo sin aire a los cuatro años.

Pero ¿para qué hablar de esto? Esto no es lo “relevante”, lo importante son los abusos como el que sufrió su hermana. La convicción se la había dado la Justicia, la Justicia argentina, que tomó cartas en el asunto y después de muchas idas y vueltas, juicios (abreviados), papeles que van y vienen, cámaras de Gesell, pericias y todo eso, había decidido protegerla, prohibiéndole al padre el acercamiento en un radio de 200 metros en torno al domicilio de la hermana por dos años.

Pero no en torno a él, porque no fue abusado (sexualmente). El padre podía seguir acercándosele; y a los hijos de su otro matrimonio también.

Tal vez sea porque son varones y no corren el mismo riesgo, o porque no les pegó lo suficiente para considerar sus golpes un exceso; o porque la madre debería iniciar otra causa, con otro nombre, ante la Justicia. No lo sabe. No lo sabe nadie porque tal parece que la Justicia argentina carece de criterio de realidad y tiene una certeza delirante al considerar que un padre puede actuar de una manera tan animal con un hijo y con los otros respetar la ley que prohíbe el incesto.

Parece que algo no está bien con la Justicia argentina: paradójicamente ha fallado la inscripción de la ley, hablando desde la conceptualización lacaniana. Es hora de dejar atrás una etapa desequilibrada y delirante para, de una vez por todas, comenzar a ordenar y proteger a tantas estructuras subjetivas vulnerables que piden a gritos impedimentos de contacto.

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