Columnistas

Con Kennedy, hace 50 años…

La desaparición de Kennedy alteró la óptica del imperio para con la Revolución Nacional de 1952

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

03:02 / 23 de noviembre de 2013

Bello como un ángel, dotado de exquisita cultura, inteligencia despierta, carisma a raudales, millones en los caudales, cama compartida con la hermosa Jacqueline, y desde Washington, el hombre más poderoso del planeta. Sin embargo, a sus 46 años, católico y demócrata, el más joven presidente de Estados Unidos, un 22 de noviembre de 1963, fue asesinado en Dallas, por tres balas digitadas por el odio que despertó de la mafia, de los servicios soviéticos o de los oligarcas tejanos. Hasta ahora no se sabe a ciencia cierta cuál fue el instigador.

Casi un mes antes, cuatro helicópteros provenientes de Williamsburg  se posaban en los jardines de la Casa Blanca, llevando junto a su comitiva al único presidente boliviano honrado con una visita de Estado, pues a los demás se los recibió hasta en la trastienda o en los corredores de las cumbres. Bajo el sol otoñal, se dibujaba la inolvidable figura de JFK, vestido de traje gris rayado, camisa blanca y una corbata de rayas azules. Sus cabellos color ladrillo obscuro volaban con el viento, y su tez bronceada detectaba recientes caricias solares. Alto, con los hombros un tanto inclinados hacia adelante, avanzó pausadamente para abrazar a su huésped distinguido. Comenzaba la primera de tres jornadas de productivos encuentros que incluyeron un almuerzo formal en la Casa Blanca, una cena de gala en el Departamento de Estado, entrevista colectiva en el  club de la prensa y, singularmente, un almuerzo en honor de JFK servido en la sede de la Embajada de Bolivia, en Massachusetts Avenue.

Ese convite tuvo un supremo epílogo histórico. Los presidentes sentados lado a lado entablaron un dialogo tan fluido que se abstrajeron por completo del resto del escenario. Al finalizar el ágape, como director del ceremonial, me aproximé a los mandatarios y noté que JFK volcaba al dorso la tarjeta impresa del menú y que Víctor Paz Estenssoro dibujaba el mapa de Bolivia, con su litoral cautivo. El Presidente americano había manifestado intenso interés en el reclamo marítimo y pidió a su anfitrión que le explicase, mediante un diagrama, el diferendo con Chile. Luego, JFK guardó cuidadosamente en su bolsillo el mágico papel.

En el fragor de la Guerra Fría, después de 11 meses de la crisis de octubre, con el recuerdo fresco del fiasco en Bahía de Cochinos, Kennedy, unía a su propuesta de la Alianza para el Progreso el dilema de dos modelos para la transformación de estructuras en América Latina. Sea la versión violenta de la revuelta castrista, sujeta a la mano soviética, o la revolución nacional boliviana, con elecciones democráticas y alternancia en el mando. Hasta entonces ambos ejemplos habían cumplido iguales metas tanto en La Paz como en La Habana: reforma agraria, nacionalización de los recursos naturales, educación de masas y otras conquistas similares.

En un recuento de sus recuerdos, Víctor Paz Estenssoro escribió: “La simpatía de John F. Kennedy por la revolución boliviana tuvo su más notable manifestación cuando me dijo, en forma pública: ‘Lo que usted hace por su país es lo que deseamos para toda América Latina…’. Se había forjado, pues, una amistad sincera. Por eso, la noticia de su muerte, a los pocos días de mi regreso a Bolivia, me afectó profundamente. Fui el último Jefe de Estado que lo había visitado…”

En efecto, la desaparición de Kennedy alteró la óptica del imperio para con la Revolución Nacional de 1952, posibilitando a los halcones del Pentágono y de la CIA conspirar contra Paz Estenssoro e implementar el golpe de Estado del 4 de noviembre de 1964, inicio de 18 años de gobiernos militares que (salvo los interregnos de Ovando y Torres) fueron heraldos serviles y obsequiosos de los intereses multinacionales.

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