Columnistas

Kurdistán: del caos a la independencia

Detener el avance de los yihadistas del Estado islámico tiene un precio: la independencia de Kurdistán

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

02:25 / 30 de agosto de 2014

Fue hace 20 años, en 1994, que en mi libro Pueblos sin voz aseguraba que los Estados nacionales aparecen y desaparecen al vaivén de las vicisitudes del tablero geopolítico mundial y, añadía, que solamente las naciones poseedoras de una cultura ancestral y con vocación a la supervivencia son perecederas.

Apoyaba mi tesis en tres ejemplos: las comunidades aymara y quechua en los andes, la diáspora palestina en Oriente Medio y la diseminación del pueblo kurdo en Irán, Irak, Turquía y Siria. De esos tres casos, en 2006 comenzó a forjarse el Estado Plurinacional de Bolivia, con la participación hegemónica de las colectividades indígenas; la lucha por la implantación del Estado palestino continúa con feroz terquedad; y ahora se vislumbra, por fin, la instauración de Kurdistán, con base en las tres provincias que contiene la región autónoma establecida en Irak, cuya capital (Erbil) ya es sede del gobierno kurdo, reconocido regional e internacionalmente.

La reciente implosión de Irak asediado por el Estado Islámico (EI), que en acciones relámpago va ocupando importantes ciudades; la rivalidad entre chiitas y sunitas; así como la persecución de la minoría cristiana por los yihadistas en Mosul son condimentos que abonan la irreversible marcha hacia la independencia kurda. Primero, porque sus fuerzas armadas tienen mayor cohesión y voluntad de lucha para contener el avance del califato liderado por Abu Bahr Al-Baghdadi; y segundo, debido a que los kurdos no tienen interés en controlar lo que queda de Irak, sino, conformar el anhelado Gran Kurdistán.

En otro nivel, desde hace algunos años, las autoridades kurdas, con la tácita anuencia de Bagdad, suscriben acuerdos con empresas petroleras extranjeras para la explotación de los pozos en el territorio que controlan, lo que ha mitigado un tanto el estado de guerra permanente desde 1925 hasta 2003 que sostiene esa comunidad rebelde con Irak, un Estado artificial creado por el imperio británico para controlar el maná petrolero, y al cual fue incorporada, por la fuerza, la región kurda.

Aprovechando esta crisis, el proyectado Gran Kurdistán tendría las siguientes características: sin acceso al mar, situada en Asia Menor, en un espacio territorial de 392.000 km2 si se logra incorporar los terrenos en poder de Turquía (190.000 km2), Irán (120.000 km2), Irak (65.000 km2) y Siria (12.000 km2). Comprendería una población estimada en 60 millones, esparcida, ahora, en Irak, Irán, Turquía y Siria, con el kurdo como lengua franca y el islam como religión, aunque se toleraría a las minorías yazidies y otras.

En cuanto al poder estatal se refiere, la lucha casi centenaria por su emancipación ha estado impulsada por tres formaciones políticas, rivales entre ellas, que son el PKK (partido de los trabajadores) con influencia principalmente en Turquía, el PDK (partido democrático) y la disidencia de éste, la UPK. Hoy, esas divergencias internas debieran superarse para implantar un gobierno de unidad.

En la contienda desatada contra el Estado islámico, califato que ha devenido el enemigo público número uno de la comunidad internacional,  y ante la renuencia de los norteamericanos y europeos de enviar tropas de combate a tierra, no queda otro camino que proveer de armamento sofisticado a los peshmergas, aguerridos combatientes que la estructura kurda ha mantenido por décadas. Por ello, su aporte para detener el fulgurante avance de los bárbaros del EI tiene su precio, y ése será la independencia de Kurdistán, con todas sus tierras, las riquezas del subsuelo y la unidad de su población.

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