Columnistas

Larga vida a Felipe VI

La ‘autoridad’ basada en la violencia, al oponerse a la naturaleza de las cosas, solo puede destruir

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro A. Tagliavini

02:42 / 06 de junio de 2014

Por razones que no vienen al caso, de toda la vida tengo simpatía por las monarquías europeas (no así por las latinoamericanas como la de los Castro) reforzada por mi vivencia en repúblicas como la de Argentina y EEUU. Aun así, mi obligación es intentar un análisis racional, “científico”. Resulta que el rey de España abdicó en el peor momento de popularidad. Según una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas, hace un mes la Corona tenía una valoración de 3,72 sobre 10, cuando en 1995 llegaba a 7,5; pero los sindicatos y los políticos están por debajo. En 2012, el 37% de los españoles prefería la República frente al 53% que optaba por la monarquía. Dicho sea de paso, mientras que el rey español recibía en 2011 una asignación de $us 400.000 anuales, la presidencia francesa (jefatura de Estado y Gobierno) costaba $us 152,3 millones, la de Italia 310 millones, mientras que Alemania destinaba 27 millones a una presidencia no ejecutiva.

En fin, con ocasión de la abdicación, algunos han planteado la abolición de la monarquía. Pero lo cierto es que el paradigma de autoridad, de gobierno, en que se basan las repúblicas modernas es falso y, como los reyes europeos, “reinan pero no gobiernan”, tienen la oportunidad de ser mejores conductores. Efectivamente, el paradigma actual se basa en el monopolio de la violencia, porque supuestamente sería imposible la autoridad sin poder coactivo, sin capacidad de forzar las leyes. La falacia de que la violencia pueda resultar positiva ya la plantearon los griegos, y la copia Santo Tomás de Aquino al asegurar que “la violencia se opone directamente a lo voluntario como también a lo natural”. De donde, la “autoridad” basada en la violencia, al oponerse a la naturaleza de las cosas, solo puede destruir; de allí que el estatismo, el exceso de regulaciones coactivas, conduce a la excesiva pobreza.

Suele atribuirse el término “poder blando” al profesor Joseph Nye, de Harvard, lanzado en su libro Bound to Lead: The Changing Nature of American Power (1990), que luego desarrollaría en Soft Power: The Means to Success in World Politics (2004). Por fin se empieza a notar que no es verdad que el poder, la autoridad, para ser efectivo debe estar basado en la fuerza. “¿Por qué todavía existen (las monarquías), huérfanas de poder real? (...) La explicación reside en (...) el ‘poder blando’ (...) base de la influencia de organizaciones desprovistas del (...) poder (...) militar (...) respetado por el ‘poder duro’”, asegura Joaquín Roy.

La Iglesia Católica, y su Estado Vaticano (casi sin armas), sobrevive a todos los imperios incluidos los nucleares, y tiene más autoridad real que cualquier fuerza armada. Por caso, tuvo mucho que ver en la caída de la URSS, la poderosa tiranía que no pudieron voltear los “gobiernos” occidentales. Así, según el ranking 2013 de Forbes, el papa Francisco es el cuarto hombre más poderoso del mundo. Internet nació y vive sin otra autoridad que el liderazgo moral de personajes que hicieron aportes efectivos. Las sociedades no existen gracias a un Estado con “poder” policiaco capaz de “contener la maldad humana”, sino porque naturalmente el hombre tiene vocación social y es, básicamente, moral: si todos salieran a robar, no habría guardias para detenerlos. Según Aldous Huxley, “las sociedades se mantienen, no principalmente por el miedo (...) al poder coactivo (...) sino por una difundida fe en la decencia de los demás”.

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