Columnistas

Latinoamérica afrodescendiente

Los que no han tenido colonias no saben lo racistas que habrían podido llegar a ser.

La Razón / Miguel Ángel Bastenier

01:06 / 19 de agosto de 2012

La desigualdad incesante, el despotismo social, la inseguridad ciudadana, vías fecales de la democracia en gran parte de América Latina, tienen mucho que ver con el racismo, que es como la clave de bóveda que reúne y lubrica a todos ellos.

La presidenta argentina, Cristina Fernández, profesional de la invectiva, atacó la semana pasada el problema, pero en el mejor estilo autocomplaciente barrió la mugre debajo de la alfombra atribuyendo al prójimo el copyright de la xenofobia, que como cosa “medio feíta” afecta a Europa. Y menos aún podía faltar el recurso a la Inquisición, que sirve tanto para un barrido como para un fregado, y puede hacer creer que los únicos que quemaran al réprobo en los siglos XVI y XVII fueran españoles. Por ello, es una pena que no incluyera en su admonición la caza de brujas en la Europa central, que ajustició a tantos o más disidentes que los 9.000 o 10 mil que dispuso para el cadalso la institución española.

Pero la señora Fernández tenía muchísima razón. El Frente Nacional francés, los ultras austriacos que hasta ganan elecciones, los brotes insumisos de la extrema derecha en los Países Bajos, Dinamarca y la península escandinava, más los que se agazapan contra el inmigrante en el PP español, así lo atestiguan. Muchísima razón, si no fuera porque con esa diatriba estaba exonerando a su país y por extensión al resto de América Latina. La viuda por antonomasia olvida “la guerra del desierto” en la Argentina de fin del XIX, así como que el cuasi exterminio de los indios fue obra del criollo y no de los españoles, que habían tenido otras matanzas más urgentes a que atender. Si el latinoamericano medio quiere sentirse a gusto en su piel exportando el racismo a otras tierras, preferentemente hispánicas, no tiene más que leer Las venas abiertas de América Latina, del uruguayo de origen italiano Eduardo Galeano (en plan vulgata para el aficionado al trazo grueso) y, en modo ya plenamente académico, con sus atroces conclusiones, La patria del criollo, del guatemalteco hijo de españoles Severo Martínez.

El combate contra el racismo ha sido una poderosa arma electoral para Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia, aunque ahora habrá que ver si de tanto cambiar las tornas se va a armar en La Paz un nuevo racismo antiracista; la venganza de los perdedores. La ocasión hace al ladrón. Y al racista.Los que no han tenido colonias no saben lo racistas que habrían podido llegar a ser.

España, antes que otros imperios occidentales, estratificó las Américas en clases o grupos sociales racialmente segregados, y ese chip colonial no desapareció porque a mediados del siglo XIX se decretara la igualdad legal de todos los ciudadanos, cualquiera que fuese su color. El racismo latinoamericano ya no persigue la ostentación, sino que discurre por el eufemismo y la vía subterránea, operando la traslación de responsabilidades a la antigua metrópoli. En muchos países de la región se ha enseñado en los colegios que España colonizó aquellos territorios con la hez de sus cárceles. Si eso fuera verdad, hasta podría explicarlo todo.

El racismo, una u otra forma de  creer (y poner en práctica) que la sociedad está poblada de superiores e inferiores, se halla en la base de la desigualdad en América Latina, estrechamente aliada con el estigma del color; el despotismo social lo ejerce un puñado de criollos que dicta las normas del quién y el cómo al resto del país; y la inseguridad personal es consecuencia directa de las dos realidades anteriores, a las que ofrece su mejor oportunidad de actuación el supremacismo racial.

Y contra ese déficit social hay quienes en lugar de promover una integración ciega al color, trabajan para la revancha, o, más benévolamente, propugnan un nuevo tipo de apartheid basado en la contra-soberbia étnica. Y así se extiende por América Latina, en una imitación mostrenca de Estados Unidos, el calificativo de “afrodescendiente” para designar al negro. ¿Acaso los criollos se autodenominan “hispano” o “eurodescendientes”? Se obra de esa manera por un respetable orgullo de reivindicar el origen africano, pero también se ahonda en el aislamiento de quien para responder a la discriminación acaba discriminándose a sí mismo, al negarse la forma natural de identificación por la nación que le corresponda. ¿Alguien en su sano juicio podrá sostener que el equipo que ganó el oro de baloncesto a España en Londres era de afrodescendientes norteamericanos y no el de los EEUU?

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