Columnistas

Lealtades Ray Ban

La Razón / A fuego lento - Édgar Arandia

02:35 / 29 de enero de 2012

Una chuquisaqueña, vendedora  de maní, bien dotada por la naturaleza, con su sonrisa dorada, gusta cantar en el carnaval un bailecito picaresco que dice así: “Si tus pantalones fueran hechos de vidrio, qué claritas se verían tus intenciones”, en alusión a sus admiradores que ocultan, tras sus lentes Ray Ban de músico trasnochado, sus verdaderas intenciones.

Cuento esto para hacer una analogía con la práctica política boliviana dividida entre pendejos y cojudos. Los primeros son los que se incrustan en el aparato estatal y se convierten, al calor del poder, en serviles militantes y convencen al líder coyuntural de sus buenas intenciones, de su lealtad y capacidad para movilizar personas que, desgraciadamente, también les creen. Tienen las cédulas de militancia de varios partidos políticos, son oficiosos y están siempre listos para cualquier tarea, desde el celestinaje hasta el pintarrajeado de paredes y, por supuesto, ocultan detrás del Ray Ban sus planes de enriquecimiento ilícito. Para ellos, que juran lealtad, este valor sólo existe en tanto sus correrías delincuenciales no son descubiertas. Apenas se ven detrás de un escritorio, su principal afán es saquear del Estado lo que pueden.

A esos, la sociedad los califica de pendejos porque salen ricos, están algunos años en la cárcel y tienen el resto de sus vidas para usufructuar durante tres generaciones el fruto de los desfalcos y estafas. Los otros, los que creen que sus utopías están muy cerca y trabajan sin descanso, pensando que los cambios son posibles, estudian los problemas, salen como han entrado, pero con una frustración enorme, y que los retiran porque no son serviles y asumieron un rol crítico, son los cojudos. A ellos la sociedad los califica de sonsos porque teniendo la oportunidad no se hicieron ricos.

Uno de los hombres “fuertes” del gobierno de Morales fue condenado a 12 años de cárcel. Para unos, es muy poco; para otros, es inmerecido porque detrás de él están agazapados otros cómplices. Santos Ramírez es el prototipo del primer grupo. Sedujo a Morales durante su campaña, movilizando  gente del área rural de Potosí, al viejo estilo movimientista, pagando y ofreciendo pegas. Su poder real y su fortaleza eran ficticios, no representaban nada, sólo construyeron su decorado sobre la base de movilizaciones folklóricas, vaciadas de contenido; pero tuvo la habilidad de convencer al principal líder del MAS.

Luego de que Evo subió al poder, se quitó los lentes ahumados, urdió su plan para acercarse a las arcas de Yacimientos y, fríamente, ejecutar un acto de corrupción que hizo llorar de impotencia al Primer Mandatario. Sin embargo, no es el único, son muchos. Otro caso es el del exalcalde de Villa Rivero, José Ignacio Rodríguez. Éste logró la confianza del Presidente para ser nominado como candidato al municipio, pese a que tenía una sentencia condenatoria de cinco años por delito de narcotráfico. Con todas las artimañas de un avezado delincuente,  se cambió de nombre y logró ganar las elecciones municipales en abril de 2010. Sorprende su habilidad para moverse en esos vericuetos politiqueros y convencer a las cúpulas para ser ungidos como candidatos. Estas prácticas, con altos índices de corrupción en la gestión de la megacoalición, ADN, MNR, NFR, MIR, dejaron pasar los delitos de  varios de sus serviles corruptos que ahora militan en el partido de gobierno.

La corrupción es un mal que aqueja  a todas las instituciones y el dinero sucio que produce el narcotráfico permea a la Policía y a los políticos que están bajo sospecha por su tolerancia. Pero este mal humano, tan antiguo como la vida misma, llegó hasta el Vaticano; así el arzobispo Carlo María Vigano denunció en una carta a Benedicto XVI sobre la corrupción que campea por sus lujosos pasillos. Este valiente religioso califica de desastrosa la situación, que “pese a ser inimaginable, era conocida por toda la curia de la Iglesia Católica”. Como se verá, tenemos santos con Ray Ban para rato.

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