Columnistas

Lenguas de madera

Los políticos han inventado una lengua que parece decir algo pero que en el fondo no dice nada

La Razón / Jorge Komadina Rimassa

00:02 / 11 de abril de 2013

Las incorrectísimas pero suculentas frases de Pepe Mujica son el síntoma de los graves problemas que confronta la enredada relación entre verdad y política. Me gusta más la segunda intervención (“El tuerto Kirchner era bastante baboso. Dios lo tenga en su gloria”) que la primera (“Esta vieja es peor que el tuerto”) porque no implica descuido sino premeditación, es un mensaje cuidadosamente cifrado, un gesto maquiavélico —político— en sentido estricto.

Para corregir su “desliz” ante los micrófonos, Mujica ha descartado la embarazosa disculpa pública y ha decidido escapar hacia delante para “decir la verdad”, nuevamente. Presumo que el cálculo es presentarse como el doble de sí mismo: un político veterano con humor incisivo, un poco campechano y de hablar franco, coloquial. El toque de lunfardo oriental ha sido magistral pues si “baboso” connota soberbia también podría ser interpretado literalmente. Y luego viene el contrapeso, “Dios lo tenga en su gloria”, acuñado para neutralizar ex ante cualquier acusación de irrespeto al hombre, al marido y al ícono. Mujica, el político que dice lo que “realmente piensa”.

Volvamos al tema anunciado. En el terreno político, o en cualquier otro, “decir la verdad”, sin máscara, tapujo o retórica, conlleva un peligro tanto para el enunciador como para el destinatario: por una parte, quien dice una verdad o critica arriesga su relación con el Príncipe, pues se convierte en el potencial blanco de su ira; por otra parte, la verdad es también arriesgada para el destinatario, el gobernante, porque pone a prueba su coraje para aceptarla por más ofensiva que sea. Este razonamiento lo he aprendido leyendo el magnífico (y el último) libro de M. Foucault, El Coraje de la Verdad (Fondo de Cultura, 2010).

Para evitar esta u otra amenaza a la “gobernabilidad”, desde los tiempos más remotos los políticos han inventado una lengua propia que parece decir algo pero que en el fondo no dice nada. Los franceses tienen una hermosa expresión para aludir a este modo de hablar: “langue de bois” (literalmente, lengua de madera), que se articula por medio de elipsis, circunloquios y eufemismos. Por ejemplo, cuando una situación política ha sido larvada de manera contingente se dice que fue el resultado de una “estrategia envolvente”.

El arte de la política consiste, pues, en hablar de tal manera que el sentido de una declaración pueda ser interpretada de distintas maneras según el caso, el arte de una lengua pudibunda y sibilina que suele perder eficacia por causa de micrófonos medio apagados-medio encendidos.

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