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Ley 348 no garantiza una vida libre de violencia

Comprendamos que la violencia no es inherente a nuestra masculinidad.

La Razón (Edición Impresa) / René Pereira Morató

03:20 / 09 de marzo de 2017

El 27 de febrero de 2013 se promulgó la denominada Ley Integral para Garantizar a las Mujeres una Vida Libre de Violencia, la N° 348.

A cuatro años de promulgada esta importante normativa, las mujeres continúan expuestas a la violencia, por lo que se afirma contundentemente que el lanzamiento de este instrumento es insuficiente para cumplir el objetivo. ¿Qué hace falta?

Para empezar la definición de políticas integrales que encierren procesos de prevención, protección y reparación de las víctimas de la violencia de géneros. Género no es mujer. ¡Los hombres tenemos género!

Pero de manera más importante, acciones de prevención que vayan más allá de propaganda política.

Medidas de prevención con acciones concretas para modificar actitudes, prácticas, acciones y omisiones que tienen como efecto reacciones violentas. Procesos de información, educación desde la misma familia, colegio, universidades, centros de trabajo e incluso centros de salud.

Mientras el modelo de dominación patriarcal y machista esté vigente, la violencia continuará creciendo. Por ello, la ley, más que atender y reparar a las mujeres en situación de violencia, debe conferir toda la prioridad a la deconstrucción de este modelo que goza de muy buena salud. Eso es prevención y eso es lo que se tiene que hacer en toda instancia posible. Talleres con actividades participativas presenciales parece ser una buena práctica, mucho más que un trillado afiche.

Pero algo muy importante es que esta ley debe atender la violencia de géneros y no solo la que es atentatoria contra la dignidad e integridad de las mujeres.

Si esta ley dice ser integral, debe contemplar la violencia no solo contra las mujeres sino también contra los hombres.

El estudio realizado en 2016 por el Instituto de Investigaciones Sociológicas (IDIS) con el apoyo del Instituto de Investigaciones de Estadística de la Universidad Mayor de San Andrés y la cooperación del UNFPA mostró algo inesperado: que los varones universitarios de primeros cursos de las 13 facultades de la UMSA experimentaban violencia tanto o más que las mujeres.

Pero que no se preocupen las mujeres. Porque este hallazgo no quita un ápice el gravísimo problema de la violencia contra ellas, porque todos sabemos que la desvalorización, el desprecio, la imposición de conductas, la invasión a la privacidad, la culpabilización, las humillaciones, la hostilidad y los golpes y heridas perpetrados por los hombres contra las mujeres son mucho más profundas y sus efectos son más crueles cuando este tipo de violencia se da en el marco de un modelo que se resiste a doblegar lo que son el patriarcado y el machismo, agravados en contextos de desigualdad y pobreza.

Si los hombres dicen ser maltratados y no solamente las mujeres, significa que la violencia es simétrica y bidireccional, lo que cuestiona la clásica manera de ver las cosas desde una visión feminista. Comprendamos que la violencia no es inherente a nuestra masculinidad.

Por tanto, esta ley puede ser más efectiva si realmente es integral y contempla a los hombres como eventuales víctimas. Avanzaremos en crear condiciones para que disminuya y/o cese la violencia cuando los hombres también se sientan reflejados en este instrumento. Como decían dos universitarios en el estudio referido: “Hay violencia igual contra los varones. Existe la violencia y no hay ninguna ley igual para nosotros”. “Yo creo que también debería haber una ley para los hombres porque se conocen muchos casos, aquí en Bolivia”.

Alguien puede decir, pero los hombres también están contemplados en la Ley 348. Sí, pero de manera muy, pero muy solapada, casi invisible, basta leer el objeto de esta ley insuficiente y fragmentaria cuando la centralidad la tienen las mujeres en situación de violencia y los hombres inflexiblemente quedamos estereotipados como agresores.

Quizá estamos a tiempo de avanzar en una perspectiva menos angelical de las mujeres y menos demonizada de los varones. 

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