Columnistas

Liberar a los niños

El sistema carcelario castiga, no repara. Se ocupa del victimador, olvida a la víctima y crea otras víctimas

La Razón / Lucía Sauma

01:24 / 27 de junio de 2013

Para el Día del Niño de 2008, decidí realizar un programa de radio desde el penal de San Pedro, en la ciudad de La Paz, pues había sido alertada por una trabajadora social sobre la presencia de muchos menores en ese centro penitenciario. Cuando llegué, vi cómo salían pequeñitos que aparecían como fantasmas de la boca negra de alguno de los incontables pasillos, recovecos y huecos que tiene esa cárcel. Sentados en las sillitas de una improvisada “guardería”, me contaron algunas historias a media voz y algunos a media lengua. Eran relatos de niños mezclados con las historias de grandes, que poco a poco dejaban entrever que no sólo presenciaron o fueron parte de robos, sino que además conocían de tráfico de drogas, de peleas con cuchillos, de muertes en las que el vencedor estaba encerrado y ellos con él.

Conocí a dos hermanitos yungueños que ganaban el dinero de su transporte y el de su recreo cumpliendo encargos de pequeñas compras o llamadas telefónicas para los presos, en el horario de la tarde, cuando salían a su escuela en Villa Fátima. Su mamá los dejaba a cargo del padre, mientras ella hacía negocio en Alto Beni. Se quedaban meses encarcelados por la mañana y libres por la tarde. Sus compañeros de escuela no sabían de esa rutina.

Cuando se enteraron de que el programa de radio incluía tomar chocolate caliente con pasteles, aparecieron varias mamás cargadas de bebés. ¿Es día de visita?, pregunté ingenuamente. Vivían allí, no tenían dónde ir. Me dijeron que estar allí les permitía ganar dinero ofreciendo servicio sexual a otros presos con conocimiento de sus parejas, quienes además de consentir ese “trabajo”, lo administraban. La mayoría eran muy jóvenes, promediaban los 16 años.

Los niños iban y venían por los vericuetos de las callejas carcelarias con nombres de santos. Esta visión, cuatro años después, nos reconfirma que la cárcel, tanto para los presos como para los niños y las mujeres que viven hacinados en ella, son sólo una escuela para aprender a delinquir, a deshumanizarse para sobrevivir.

El sistema carcelario castiga, no repara. Se ocupa del victimador, olvida a la víctima y crea otras víctimas. En su afán de dar una lección a quien cometió un delito menor, lo conecta con asesinos, violadores, que lo someterán a un rápido entrenamiento en el que participan los niños y las mujeres que malviven en los recintos penitenciarios.

El sistema judicial no puede seguir actuando sin solucionar los problemas que se originan en torno a los penales: hacinamiento, violaciones, corrupción, tráfico de bebidas alcohólicas y armas. Son 2.104 niños que deben ser liberados de esa situación.

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