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Límites

Es más que evidente que La Paz requiere el establecimiento de límites y campañas educativas

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:00 / 06 de febrero de 2014

Si algo particular tienen las ciudades, y mucho más las nuestras, es que fueron construidas en un entramado de contradicciones. Y si bien el camino por el cual transitaron no estuvo exento de éxitos, no faltaron —dentro de aquéllas— distintas transgresiones.

La Paz ha demostrado en los últimos años que, a pesar de sus múltiples y diversos modos de ser habitada, la población se ha apropiado de lugares que se han convertido en centros de encuentro y disfrute. Es por eso que puede ser considerada como la urbe más practicada del país, un valor que debiera ser cuidado y proyectado a los nuevos tiempos. Empero, para ello se requiere el establecimiento de ciertos límites.

La plaza Murillo es el punto urbano más importante donde nació el constructo de la historia de más de 100 años del país. Un centro singular en el que se emplazan los edificios más representativos del poder político boliviano. Sin embargo, y a pesar de ello, ese espacio público aún da cabida a lo inesperado, pues forma parte de su esencia, sin olvidar a lo múltiple que es capaz de proyectarnos a lo inadvertible. Cualidades que parecen difusas por la falta de atención.

Ese lugar de ayer, bien cuidado y visitado por infinidad de bolivianos y turistas, en la actualidad nos muestra otro rostro. El descuido es evidente. Predomina la suciedad en los pisos con excremento de palomas, y no sorprende observar la venta de alimentos, sino más bien, los envases plásticos y papeles que son echados por doquier. Los monumentos se encuentran en un estado de olvido. En síntesis, el deterioro actual de esta plaza exige, tanto mantenimiento y restauración como buscar soluciones al deterioro de ciertas edificaciones de su entorno. Esto porque es el sitio más representativo del país.

Otro ejemplo se refiere a una de las avenidas más lindas de La Paz: la Arce, una vía conformada por fragmentos de la historia de esta urbe y los habitantes del ayer. No obstante, a pesar de la acción destructiva del tiempo y su población, aún conserva su presencia singular. En los últimos años, un vecino logró que se instalaran maceteros en las aceras, los cuales, con los años, han incrementado la densidad del verde. Una cualidad que hoy es un toque particular. Empero, también el descuido y la suciedad imperan en ciertas cuadras, además del desorden de los vehículos estacionados dondequiera. Esto último debiera ser anulado, para permitir el tránsito fluido de motorizados en todos los carriles y porque allí se cuenta con un edificio que renta parqueos.

Un tercer ejemplo es la Alasita, un evento estimado por todos y que en la actualidad es postulado a un reconocimiento en la Unesco. Motivo suficiente para cuidar y exigir que se norme el uso de bolsas de basura en cada puesto (por lo menos el día de la inauguración), y se evite la venta de comida en las principales calles. Al respecto, algo impresionante es observar cómo quedan algunas vías, por ejemplo la 21 de Calacoto o la calle Sagárnaga, el 24 de enero. Un hecho que empaña cualquier esfuerzo, cualidad y objetivo.

Es más que evidente que ciertas medidas podrían convertirse en antipopulares, sin embargo, esta ciudad requiere el establecimiento de límites, los cuales implican otras tareas como la educativa funcional. Y es que los tres ejemplos abordados no responden a una mirada externa exenta de la valoración de toda experiencia viva, sino a una realidad irrefutable.

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