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Literarios 2

Llevamos años viviendo una afrenta abierta al conocimiento y al pensamiento libres

La Razón / Ana Rebeca Prada

00:58 / 13 de marzo de 2013

Comparto algunas reflexiones complementarias al comentario que hice hace dos miércoles ante la noticia del cierre de Fondo Negro de La Prensa. La desazón no cesa, será porque considero que ese cierre de espacios en general sintomatiza cuestiones muy graves en nuestra sociedad. 1) Sintomatiza un gradual abandono de un pensamiento diverso, heterogéneo, amplio, concebido en términos de proyecto colectivo. Ya que, hay que decirlo de una vez, los saberes literarios no sólo tienen que ver, pues, con el comentario sobre el último premio de cuento, sino con un desafío al lector en sus convicciones, en su fe, en sus ideas hechas y cerradas, en su conocimiento cómodo, en sus percepciones prefabricadas. Es pues, el llamado más fuerte al sentido crítico. Cuando los lugares que tenía este desafío en la prensa se van cerrando, comienza a cundir un monolitismo del pensamiento extremadamente peligroso.

2. Sintomatiza que la prensa se pone a tono con los tiempos y con lo existente en cuanto a conocimiento controlado, preferentemente mediano, chato. Llevamos años viviendo una afrenta abierta al conocimiento y al pensamiento libres; a la opinión franca, abierta, libre. Los periódicos se van rindiendo ante ello, se van comprometiendo con ello. El modelo de lector no será, en este sentido, el que pueda leer la payasada del poder como tal: como payasada. Sino que creerá aletargadamente en el cuentito prefabricado para él.

3. Sintomatiza que los medios van abandonando una tradición de larga data, que es precisamente guardar un lugar (en el mejor de los casos privilegiado) a los saberes de la cultura, de la sociedad, de las letras, hermanados en una voluntad de libertad y reflexión responsable. Porque los suplementos literarios son eso: pensar a través, reflexionar al borde, inquirir en los sospechosos silencios. Al separar el tema de la política y convertirlo en el mega-tema de nuestro cotidiano, como el único que vale y que es importante; al fragmentar lo cultural, al astillar lo literario, cercenamos esta mirada rica, atenta, alerta y condenamos al lector a un monologismo que empobrece tristemente ese cotidiano.

4. Y lo más grave: sintomatiza un lector con creciente incapacidad de entender la ficción, vinculada en sentido fuerte con la imaginación, la creación y la creatividad, pero también con cómo acciona el poder, cómo se inventa la perfidia y el engaño, cómo se arma la mentira, como los narradores se posicionan en el relato y lo manipulan y administran. Con cómo se maneja el soliloquio, la asfixia. La denotación, la significación plana, la falta de densidad de sentidos va apoderándose del nuevo lector. Y la conveniente mediocridad campea.

5. Porque, finalmente, ¿qué son los conocimientos literarios sino nuestra posibilidad de habitar un borde fresco, nuestro, que mira —soberano— la baba enferma de los supuestos dueños de la realidad?

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