Columnistas

Literatura y revolución

Hay que haber perdido el norte o no haber leído jamás esa novela para considerarla colonialista

La Razón / Wálter I. Vargas

02:37 / 25 de febrero de 2012

A qué colectivo alternativo, minoría ninguneada o género sexual preterido ofenderá la novela Juan de la Rosa (1885), de Nataniel Aguirre? Porque el Ministerio de Educación, según el director del pomposo despacho de “Políticas interculturales, intraculturales y plurilingüismo”, Wálter Gutiérrez, acaba de anunciar que en el nuevo currículo escolar se ha decidido estudiarla, pero con “sentido crítico”, señalando claramente a los niños su carácter de “manifestación racista y patriarcalizadora”. Es decir, como perteneciente a la era de la discriminación, del colonialismo, del infame pasado abolido en la nueva era inaugurada por este Gobierno. Lo ha dicho además con cierto sentido de culpa y afán de corrección. Pues, ya no se la va a prohibir, como antes propuso hacer con esta “literatura de la discriminación” el viceministro de Descolonización, Félix Cárdenas, serio competidor del canciller Choquehuanca en materia de despropósitos de esta naturaleza.

Tenemos, pues, que agradecer a los funcionarios masistas que nos permitan todavía leer los libros del index que aparentemente están construyendo; quiero creer que leyéndolos, no simplemente suponiendo de qué se tratan o a partir de los títulos o los antecedentes del autor. Porque hay que haber perdido el norte o no haber leído jamás la mencionada novela para considerarla manifestación colonialista. De hecho, esa preciosa novelita juvenil (o incluso adolescente) es una de las obras nacionales de mayor sentimiento anticolonial, como que cuenta los inicios de la lucha independentista desde el punto de vista del emocionado patriotismo naciente de esos años del siglo XIX. Es además la mejor novela histórica de esa época, incluso en el contexto más amplio de América Latina, como señalara en su momento Menéndez Pelayo. Quiero decir que, además de intoxicarse con consideraciones ideológicas pachamámicas y feministas, las autoridades podrían tomar en cuenta también el valor de este libro como inicio en la experiencia de la lectura de una novela. El alumno debe aprender “los valores de la complementariedad y la reciprocidad mediante la lectura crítica”, dicen los planificadores. ¿Puedo usar esas palabras para señalar que aprender literatura también es algo así como dialogar con el autor, complementarse con éste en el desarrollo de una narración, independientemente de si estamos leyendo a Celine, confeso nazi, o Sartre, confeso comunista?

El comisario cultural de Fidel Castro, Roberto Fernández Retamar, se desbocó en los 70’ acusando a la cultura europea de colonialismo racista contra las poblaciones amerindias, terminando por sugerir que Shakespeare, por haber escrito La tempestad, era precursor de Hitler. Afortunadamente, Fernández Retamar no llegó al extremo de Anatoli Lunacharski, el ministro de Educación bolchevique que organizó un proceso contra Dios, acusándolo de genocidio, y lo condenó a muerte (al día siguiente varios soldados dispararon al cielo para cumplir la sentencia, créalo o no el lector).

Es lo que pasa, hoy como ayer, con el celo revolucionario. Comienza con un muy humano afán de corregir injusticias y termina abusando injustamente incluso a quienes no tienen vela en el entierro. Pobre Nataniel Aguirre; quién hubiera imaginado que terminaría en el tribunal acusado por quienes defendía, en su afán republicano, pues él consideraba que todos eran ciudadanos sin más, por el hecho de haber nacido bolivianos. Pero como ya está bien muerto, y dado que un especialista ha afirmado con buenos argumentos que en realidad no fue el autor de Juan de la Rosa, sus descendientes pueden alegar esto para salvar a su ascendiente del sambenito de racista y patriarcalista.

El filósofo norteamericano Allan Bloom dice: “Cada edad conspira siempre para hacer aparecer su modo de pensar como el único posible o el único correcto, y nuestra edad ofrece la menor resistencia al triunfo de su propio modo de ser”. Así pues, en nuestra era, todos somos demócratas y no podemos huir de nuestro afán de igualar todo con el rasero humano. Pero yo aconsejaría a las gentes encargadas de llevar adelante a trancas y barrancas la descolonización, la despatriarcalización y otras feas palabras nuevas, que por lo menos dejen en paz al pasado, ya que están decididos a emprenderla con el presente y el futuro.

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