Columnistas

Lluvia que lava

Según el calendario aymara, estamos en pleno Jallu Pacha o época lluviosa, entre el 21 de diciembre hasta el  21 de marzo. Bertonio la define como: “invierno cuando acá llueve”, refiriéndose —sin duda— al invierno europeo; en cambio, en el hemisferio sur, estamos culminando el verano y empezando el otoño. Es el momento del Anata, del tiempo de jugar porque las mies están maduras, el trabajo duro mengua en el agro y es tiempo de agradecer a la Pachamama y al cuerpo por los frutos y las flores. En nuestra ciudad ya concluye este tiempo con el Domingo de Tentación.

La Razón / Édgar Arandia

02:15 / 26 de febrero de 2012

Mientras la gente se divertía y se despojaba de sus problemas, las lluvias azotaban los muros de adobe; los ríos sin defensivos crecían; los barrios que habían talado sus árboles cedían ante la persistente cortina de humedad, que desmenuzaban los suelos provocando zozobra entre la gente. Varios países de Sudamérica están afrontando catástrofes de diferente magnitud, y en el nuestro ocurre otro tanto. Así los ciudadanos de La Paz que vivimos en las laderas dormimos con un oído atento y, cuando menos lo sospechamos, la lluvia nos llega con toda su furia y se prolonga en los llantos de quienes lo perdieron todo.

Todas las ciudades del mundo terminan siendo lavadas por la lluvia, y en su afán de enjuagarnos, nos sume en la de-sesperación por nuestra improvisación a la hora de esperarla. El 90% de los problemas que ocurren en las ciudades y el agro son culpa de los que usamos mal la tierra.

Mientras preparaba mi pepino de oro y negro para festejarme en el Anata, un pedazo de mi cerro se vino abajo; las fuertes ch’ampas impidieron que durmiéramos  en carpa. Nunca pude poderme de acuerdo con mi vecino para erigir un muro de contención, por una simple razón, la casa colindante está abandonada. Es decir que los culpables somos los habitantes de esta ciudad, que no cumplimos con las normas, pues eso nos significa vivir una pasión burocrática que nos devora el hígado y que preferimos evitar.

La naturaleza tiene sus ritmos, y así como nos castiga, también nos advierte y nos recuerda hechos olvidados. Por ejemplo, en los 70’, el dictador chileno Pinochet hizo colocar miles de minas antipersonales en la frontera con Perú y Bolivia, que ahora reaparecieron después de las intensas lluvias. Esta actitud demencial que impidió el paso de ciudadanos de los tres países me puso a pensar cuánto cuesta de-sactivar las miles de minas antipersonales y cuánto costó sembrarlas. Según los expertos, cada mina cuesta dos euros y activarla, otros dos; mientras que desactivarla, cerca de 700. Un gasto irrisorio para el Ministerio de Defensa chileno que eroga cerca de $us 5.000 millones anuales en armamento, y deja pendientes sus problemas con el área educativa, otrora una de las más sólidas académicamente.

Según datos oficiales, todavía existen alrededor de 130 mil artefactos mortales que ponen en riesgo, todos los días, la vida de los habitantes y de la población que circula por estos parajes brutalmente intervenidos por Pinochet y la complicidad de sus colaboradores de la élite chilena. Sin embargo, es muy fácil colegir que Perú y Bolivia pagan una parte importante de esta carrera, por los convenios comerciales favorables a las exportaciones chilenas a nuestros países y las múltiples restricciones para los productos peruano-bolivianos al mercado de Chile.

Chacalluta y Santa Rosa, la frontera chileno-peruana, está cerrada porque las lluvias arrastraron las minas hasta la carretera Panamericana, paradójicamente, una arteria que integraría a los pueblos. No obstante, el pasado y presente neofascista que asoló Latinoamérica reaparece lavada por las lluvias que nos ayudan a despertar la memoria.

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