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Lobo estepario

La soledad es el ámbito más apropiado para la reflexión y para encontrarse con uno mismo

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro F. Mercado

00:03 / 12 de septiembre de 2015

Una de las famosas cuecas del compositor chuquisaqueño Simeón Roncal comienza con la siguiente estrofa: “Soledad, soledad, esta noche estoy muy triste...” ¿Es que acaso la soledad implica tristeza? Evidentemente es posible que la soledad sea motivo de tristeza para aquellos que no encuentran compañía consigo mismos; sin embargo, para quienes el mundo interior es trascendente, la soledad es el ámbito más apropiado para la reflexión, es el lugar más adecuado para encontrarse con uno mismo.

Los lobos esteparios, para utilizar la expresión del Premio Nobel de Literatura Hermann Hesse con la que caracteriza a los espíritus solitarios, han demostrado que el desarrollo intelectual, así como la solidez emocional y psicológica, se ven fortalecidos en quienes transitan la vida en soledad; incluso la memoria, de acuerdo con un estudio realizado en la Universidad de Harvard, es mucho más duradera y más precisa en quienes pasan más tiempo solos que acompañados. Paradójicamente este estudio de Harvard, así como los trabajos de Adam Waytz, demuestra que la soledad es el camino más adecuado para enriquecer nuestras habilidades a la hora de establecer relaciones interpersonales saludables y fuertes.

Sigmund Freud señala que la soledad de los hijos únicos es más que compensada por el amor de la madre. Destaca que el amor y la dedicación de una madre por su único hijo harán que éste tenga una particular confianza en sí mismo y que enfrente la vida con un inconmovible optimismo, lo cual puede reflejarse en esforzadas acciones que son la base del éxito en la vida real.

Siguiendo a quien revolucionó la manera de entendernos a nosotros mismos, podría decir que tuve la suerte de ser hijo único, aunque ciertamente no estoy del todo convencido de que la divina providencia haya sido benévola conmigo en este sentido. Lo cierto es que tuve que enfrentarme solo a todas las vicisitudes que me deparó el destino, sin tener con quien compartir mis éxitos y, menos aún, alguien en quien apoyarme en mis momentos de angustia; cuando me caí, tuve que levantarme solo, aunque en cada nueva caída las fuerzas para levantarme parecían haber menguado. Confieso que pasé algunos momentos muy difíciles en los cuales nadie ayudó, pero nunca me quejé por ello, porque en ningún momento pensé que alguien tuviese la obligación de ayudarme.

De allí es que logré diferenciar entre estar solo y sentirse solo. Uno puede sentirse solo a pesar de estar entre un grupo grande de personas y, contrariamente, uno puede no sentirse solo a pesar de no encontrarse en compañía de ninguna persona.

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