Columnistas

Lógica tamayana

Esta frase muestra la especial pérdida del sentido de realidad que caracteriza a la psique nacional

La Razón / Wálter I. Vargas

00:20 / 02 de junio de 2012

Alguno de los comentaristas del nuevo libro de Robert Brockmann, Tan lejos del mar, no ha dejado de observar la especial atención que al autor le dedica a la actuación de Franz Tamayo como diplomático en la época de que trata el libro. Esto en relación a los resultados de la misión de la que formó parte en 1921, para intentar que la novísima Liga de las Naciones reconsiderara la justicia del Tratado de 1904, aprovechando el entusiasmo posbélico de la Primera Guerra Mundial.

Cuenta Brockmann que ante el fracaso de esa misión, Tamayo, ya como diputado, tuvo la indelicadeza de volcar su frustración interpelando a Ricardo Jaimes Freyre (poeta bastante superior a él, dicho sea de paso), que 15 minutos antes había sido posesionado como nuevo canciller del gobierno de Saavedra. Tamayo batió por tanto todos los récords en velocidad de interpelación a un dignatario de Estado, y además lo hizo antes de que el mencionado canciller hubiera cometido el más mínimo acto ministerial.

Leer esa larga interpelación (reproducida en el libro “La polémica en Bolivia”) puede ser fácilmente agotador o dar la sensación de estar uno perdiendo el tiempo, pero atender a la manera de actuar de Tamayo es muy aleccionador para reflexionar sobre un aspecto de lo que la sociología intenta conocer como mentalidad nacional, que es lo único que realmente se merece un “proceso de cambio”. Un Tamayo grandilocuente se expide en parrafadas de difusas argumentaciones, mientras un parco y arrinconado Freyre responde de rato en rato con tímidas y cortantes oraciones que intentan domeñar al olímpico poeta de La Prometheida, aunque en cierto momento Freyre pierde la paciencia y le dice francamente a Tamayo que es un loco.

La perla lógica del debate se la lleva Tamayo, por supuesto. Confiesa para argumentar a su favor que el presidente Saavedra le había dicho que la tal misión diplomática “no solamente es un fracaso, como algunos elementos creen, sino un completo éxito”. A menos que se trate de un “error de dedo” y que a la primera parte de la oración le falte la palabra “no”, esta simpática frase muestra en todo su esplendor la especial pérdida del sentido de realidad que caracteriza a la psique nacional, de la que Tamayo era elocuente representante. Lo prueba además el hecho de que al final de la polémica, seguramente con la sensación de que su verborrea no había conseguido convencer al Parlamento (como realmente ocurrió, es decir, con un aplastante derrota tamayana en la votación de los diputados), señala: “tal confianza tengo en mi tesis, tan profunda fe en los principios de justicia, que puedo decir claramente lo siguiente: suponiendo que el voto me sea adverso, sigo siendo victorioso”.

Tamayo era fervoroso e inclaudicable partidario de lo que en esa época se llamaba reivindicacionismo marítimo, y que entretanto se ha vuelto doctrina nacional en el tema del mar; es decir, el peregrino e iluso sueño de que algún día nos van devolver Antofagasta, y si no, nada (y así nos va). Frente al cual el practicismo que buscaba soluciones más realistas naufragó invariablemente, sufriendo también invariablemente el sambenito de traición a la patria.

Sustituir la realidad por sueños de grandeza para practicar un nacionalismo efusivo y muy poco racional, que a la larga termina perjudicando a los intereses nacionales, es una definición aproximada de ese espíritu que aquí muestra tan claramente Tamayo. Dice en otra parte de su debate con Jaimes Freyre: “Así pequeños, así indefensos, así impotentes, así flacos como somos, podemos causar efectos de grave trascendencia universal en el seno de la Liga de las Naciones”. Cualquier parecido con el ánimo ingenuo con que el actual régimen se da importancia mundial se explica naturalmente por la continuidad de una tal psicología colectiva.

Años después, en 1945, en la segunda posguerra, mientras las potencias buscaban la manera menos peligrosa de repartirse el mundo después de derrotar definitivamente a Alemania, nuestro querido Franz Tamayo volvió a las andadas afirmando en el periódico Última Hora de esos años que la “doctrina boliviana” para la paz mundial había sido finalmente escuchada por los grandes líderes mundiales. Creo que huelgan más comentarios.

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