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Luchar, oficio y mística

Benjo Cruz decía que no hay que llorar por el pueblo que lucha, sino, hay que luchar por el pueblo que llora

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

00:08 / 21 de octubre de 2015

Hace una semana, ante una multitud reunida en el Zócalo de México, Álvaro García Linera preguntó cuánto dura una revolución. Y dijo que ninguna revolución tiene fecha de caducidad, porque puede acabar mañana, en diez meses o en 20 años. Lo que existe sin tiempo medido, afirmó, es la permanente lucha revolucionaria. 

Es como la vida. ¿Quién puede saber hasta cuándo existirá? Vida y muerte se atienen a imponderables. La vida se blinda con salud, trabajo y amor. Esa es la lucha. Decía Marx que el obrero tiene más necesidad de respeto que de pan. Se es revolucionario porque se ama y se cree, según el Che. Amar es dar toda la guerra para que el amor tenga algo de paz. La libertad es hija de la paz y es apoderada de la democracia. Hambre, opresión, ignorancia, racismo y demás iniquidades que propulsa el capitalismo mortal deben toparse y tronar en la voluntad de los pueblos que luchan.

Hay que resistir y aguantar sin tiempo ni cuenta, con la conciencia de que se es útil. El revolucionario no tiene plazos de vencimiento. Se muere cuando se deja de combatir. Gastar la vida con gusto por los demás, proponía Luis Espinal. Poner el hombro, para estar de pie y arreglar con las manos lo que anda de cabeza, decíamos con Quiroga Santa Cruz los socialistas de los años setenta.

No es la conciencia de la individualidad lo que afirma nuestro ser; es la identidad del ser social lo que confirma nuestra conciencia. Nos debemos a la vida de los que con su trabajo y desvelo sostienen la nuestra. En ese destino, uno se define de izquierda, que es el lado por donde se avanza y se rebasan distancias, tiempos, prejuicios y espacios. Es por la izquierda que van los postergados sociales, los urgidos de vencer desigualdades e injusticias. Esa evidencia nos aplica deberes y explica la necesidad de luchar, de seguir haciendo la revolución incluso donde no la hay; revolución que no enciende, no prende.

Revoluciones hubo que duraron un ratito, como la sandinista, de la que ahora no queda ni caragua. Y las hay victoriosas de toda la vida, como la de Cuba con Fidel por 50 años. La revolución de abril fueron tres días de fuego, dos años de lumbre y 20 años de humo pazestenssoriano, de ceniza barrientista y hollín lechinero.

Las revoluciones, que son acciones, requieren de testimonios de ajayus sonoros para trascender. En los años ochenta, al proclamar que Marcelo vive y la lucha sigue, con el grupo Calicanto grabamos un huayño de guerra, que los jefes del PS1 mandaron ignorar para auparse, ellos, en los noventa, al Plan de Todos gonista. En aquel canto decíamos de la revolución: “por buscarte me persiguen/ no importa que me castiguen,/ prefiero morir por verte/ que vivir sin conocerte”.

¿Con qué se recuperó Bolivia como país soberano después del p'ampacu privatizador en que la sumieron nacionalistas, fascistas, chochaldemócratas y ONG lightberales? Con la lucha social y con el pueblo originario que el país tiene por vanguardia. Hacer la revolución, pues, aunque ahora tenga nombre de post-Guerra fría: proceso de cambios. Benjo Cruz, héroe de Teoponte, decía que no hay que llorar por el pueblo que lucha, que hay luchar por el pueblo que llora.

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