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Lucidez

No sé a qué límites llegarán los bandos  en estas luchas preliminares (el 21F será el termómetro).

La Razón (Edición Impresa) / Dionisio Garzón

01:00 / 17 de febrero de 2017

Vísperas del primer aniversario del 21F, opositores al régimen se preparan para festejar la victoria del No a la repostulación del binomio EMA-AGL para las elecciones de 2019; oficialistas para poner en escena otro atípico show para “festejar” el día de la mentira. Vivimos en un país donde lo atípico es la regla, toda la parafernalia mediática gira desde hace meses en ese dislate, se rearma un gabinete ministerial con ese fin, algunos prominentes “masistas” vuelven a la arena para formar cuadros y líderes políticos con ese fin, los “movimientos sociales” afinan planes para volcar un resultado que debiera ser inapelable y de cumplimiento obligatorio. Mientras tanto lo que ocurre con la economía del país, con los proyectos extractivos e industriales, pasó a un segundo plano de las preocupaciones de los unos y de los otros. En el país parece funcionar, guardando las distancias y a contracorriente con el discurso oficial, el añejo laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar) de los liberales franceses del siglo XVIII. A nadie parece interesarle los resultados de la gestión ahora, lo importante es la batalla, las conspiraciones, la guerra sucia y cualquier artilugio que lleve agua al molino de cada bando en disputa.

Viene a mi memoria la historia contada por José Saramago en su Ensayo sobre la lucidez: en unas elecciones en una ciudad sin nombre los ciudadanos deciden individualmente ejercer su derecho al voto de una peculiar manera (votar en blanco), la cual llega a socavar los cimientos de una democracia degenerada como son algunas de las que vivimos en los países al sur del Río Bravo. El comportamiento ciudadano provoca la puesta en marcha de los mecanismos del poder, regulares y de los otros, para acallar (sin éxito) a los culpables de tamaña “conjura” contra el orden establecido. La historia es larga, los detalles numerosos, el mensaje: la libertad como verbo, la verdad como bandera, el actuar colectivo casi instintivo en las sociedades sojuzgadas, la inercia del pensamiento colectivo copando mentes, espacios y lugares comunes. La democracia pura y dura que siempre tiene un epílogo: la supremacía de la libertad sobre los dogmas, las verdades a medias o las medias verdades; el ciudadano singular y colectivo que en última instancia define el futuro de las sociedades.

En este tiempo y en el país estamos viviendo los prolegómenos de una justa electoral que tendrá, con matices variopintos típicos de nuestra sociedad, ribetes similares. Un proyecto político que lleva más de una década en el poder queriendo eternizarse, que ya perdió una opción en el referéndum 21F, que busca los recovecos más osados para hallar un resquicio que le permita renovar la opción ya perdida y la sociedad civil más o menos movilizada luchando por que se respete un resultado, por tener otras opciones en 2019 en unas justas electorales que se pintan singulares. Algunas de estas opciones pueden resultar peligrosas si se mantienen posturas anacrónicas que pretenden erigir un sistema mesiánico por las buenas y/o por las malas. No sé a qué límites llegarán los bandos en disputa en estas luchas preliminares (el festejo de este 21F será el termómetro) pero, de todas maneras llegaremos a las justas electorales de 2019 y allí, estoy seguro, aflorará como en el cuento de Saramago esa magia que se llama conciencia colectiva; ya sea adoptando comportamientos similares a aquellos del cuento u otros que se ajusten al momento. La democracia y la libertad serán otra vez protagonistas de un cambio que se anhela y se ve venir en las calles, en las oficinas, en el campo y en las mentes de ese colectivo que nunca claudica: la conciencia popular.

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