Columnistas

Lugares escondidos

Una de esas calles escondidas es el pasaje Medinacelli, donde aún funciona alguno que otro restaurante

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:37 / 21 de enero de 2016

El escribir sobre urbes nos ha demostrado, cada vez más, que la ciudad es un organismo dotado de vida. Esto esencialmente porque lo cotidiano nos muestra realidades distintas, cuyas experiencias pueden llevar a los lugares a convertirse en pequeños modelos de vida urbana sorprendente.

De esa manera se reafirma la visión de que toda ciudad está conformada por situaciones, las cuales —aun por su carácter sencillo— convierten a ciertos lugares escondidos en áreas donde todo puede suceder, y lo mejor, esa multiplicidad de hechos que los acompañan puedan ser aprovechados para cualificar esos sectores. Así, el aquí y el ahora de las ciudades define un contexto que no solo modifica al espacio urbano, sino que esos lugares (gracias a las distintas interacciones que allá suceden) tienden a convertirse en espacios públicos con cualidad objetiva y función real. Esto pese a que no siempre fueron concebidos dentro de una planificación oficial.

Aquello demuestra que toda ciudad no debiera concebirse bajo una mirada conservadora, donde lo histórico o lo técnico sean la base de un análisis que solo busca el seguimiento sistemático de sus planes. Al contrario, parece importante pensar en propuestas donde, de forma abierta, se proyecten hechos con actividades distintas que los particularicen de aquellos fríamente planeados; contraste que, a fin de cuentas, los lleve libremente a convertirse, quizá mañana, en relatores de la vida urbana, donde lo subjetivo invade lo real.

Esos hechos reales y de identidad singular demostrarán en síntesis que lo escondido de los lugares atraen a la población porque se convierten en sitios donde el preludio de representaciones escénicas que allí suceden, conforman un lugar no solo dotado del sabor amable de la concurrencia de la población, sino que ese “suceder de todo” es apreciado y apropiado por ésta; y con ello se imponen como lugares cualificados, diferenciándose de otros tantos similares, porque allí no existe la inercia del silencio o la ausencia corporal, pues están invadidos por la efervescencia que producen sus visitantes. En otras ciudades existen muchos de ellos. Tampoco se debe olvidar que esos sectores urbanos logran cambiar hasta el valor del territorio donde se asientan, y lo mejor, elevan su valor patrimonial.

La Paz cuenta con algunos de esos lugares, unos abiertos y otros cubiertos. Los primeros pertenecen a las callejuelas, y los segundos funcionan como pequeños centros de comercio, restaurantes y demás, que invaden especialmente los patios o halls de las casas antiguas de la urbe. Es evidente que Sopocachi es un barrio conformado por laberínticos callejones y pequeñas calles, que desde siempre albergó este tipo de lugares escondidos, los cuales aún proponen ser descubiertos por su vitalidad. Si bien hoy lo normal es que vayan desapareciendo, otros nuevos se van abriendo a la ciudadanía.

Una de esas calles escondidas es el pasaje Medinacelli, donde todavía funciona alguno que otro restaurante; allí, el arte del mural parece relatar que el esplendor de ayer ha quedado atrás. Como en todo, aparecen otras nuevas ofertas, quizá con menos mística, pero con la dosis de peligro, zozobra y ambientación básica que las convierte en una nueva expresión de los centros públicos de estos tiempos.  El caminar por la urbe nos lleva a conocer lugares donde siempre llega alguien más para dotar de vitalidad a esas callejuelas que “hacen ciudad”.

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