Columnistas

Macedonio contado por Piglia

El mito de Macedonio Fernández fue tan grande que el personaje ensombreció al autor

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva

00:30 / 08 de octubre de 2015

Descubrí a Macedonio Fernández (1874-1952) hace varias décadas, cuando un amigo, Alfredo Estenssoro, me trajo el libro Papeles de Reciénvenido, obra del escritor argentino, y me dijo que lo leyera porque percibía cierta influencia macedoniana en algunos de mis cuentos. Fue toda una revelación. Hace unos días, gracias a otro amigo, Óscar Vega, tuve la oportunidad de ver un documental sobre este extraño escritor. La película, dirigida por Andrés Di Tella, está basada en el guión de Ricardo Piglia, quien a la par de contarnos a su estilo la vida de Macedonio nos va guiando por el Buenos Aires de la primera mitad del siglo XX.

Piglia retoma, en el documental, el proceso creativo de su novela La ciudad ausente y la ópera de Gerardo Gandini basada en esa novela, para exponer a un escritor atormentado por la soledad y enloquecido por la muerte de su esposa, Elena, la eterna amada, la Bellamuerte. En La ciudad ausente Macedonio es un personaje que construye una máquina para perpetuar el alma de su moribunda mujer.

Al final de su vida Macedonio fue un solitario que sobrevivía en hoteluchos, atendido por la solidaridad de algunos amigos y alejado de sus hijos, a quienes no quiso volver a ver desde que murió su esposa. En otra época, de la que él mismo no quería acordarse, fue fiscal, pero ninguno de los acusados por él fue sentenciado nunca jamás. Luego quiso ser consejero de filosofía en los barcos que recorrían el río Paraná, pero fracasó en el intento, porque el trabajo no existía. Lo que sí llegó a ser fue candidato a la presidencia de la Argentina y basó su campaña en el lema de que era más fácil ser presidente de la República que farmacéutico, porque menos personas postulan a presidente. Por supuesto que solo sus amigos votaron por Macedonio, y eso le bastó para sentirse querido.

Macedonio fue muy amigo del padre de Jorge Luis Borges y del propio Borges, quien llegó a reverenciarlo halagando su inédita obra, al punto que muchos escritores e intelectuales llegaron a afirmar que alguien así solamente podía ser invento del autor de El Aleph. El mito de Macedonio fue tan grande que el personaje ensombreció al autor, su obra fue redescubierta décadas después por varios escritores y críticos literarios argentinos que reconocen que formó parte de la vanguardia literaria argentina, junto a Leopoldo Marechal y Oliverio Girondo. Como si fuera una paradoja digna del autor de Museo de la novela eterna, fue su hijo, Adolfo de Obieta (otrora abandonado), quien se encargó de rescatar sus manuscritos y publicarlos.

Hoy podemos afirmar que la literatura argentina, con sus grandes alturas urbanas, sus pampas silentes y su erudición europea, le debe mucho a Macedonio; y puedo afirmar con Ricardo Piglia que el siglo XXI será el siglo de este autor que escribía como una necesidad, que conversaba como si estuviera escribiendo y que creía que “hay un mundo para todo nacer” y que “la realidad, la que verdaderamente hay, la hacemos nosotros”.  

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