Columnistas

Madame Chiang Kai-shek

Luego de haber vivido entre tres siglos y bebido de dos culturas, entrega su alma a un solo Dios

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

02:16 / 17 de marzo de 2012

El surgimiento de China como una de las dos superpotencias planetarias incita a internacionalistas y a comerciantes ávidos de penetrar en ese inmenso mercado a estudiar más que su milenaria civilización, el proceso de formación de ese Estado gigantesco.

En ese esfuerzo, nada más aconsejable que leer las 775 páginas de la fascinante biografía de la esposa del Generalísimo Chiang Kai-shek, escrita por el sinólogo belga Philippe Paquet, que la subtitula Un siglo de historia de la China. Es verdad que al recorrer la petite histoire desde la alcoba del rival de Mao Tse-tung, hasta las más altas cumbres del poder mundial, aprendemos cómo la intrincada guerra civil que enfrentó a los nacionalistas del Kuomintang contra los comunistas debe hacer causa común para resistir la invasión japonesa en los albores de la Segunda Guerra Mundial. Pero, en el reparto de ese teatro bélico figura una mujer excepcional que nacida, como Mayling Soong, en Shangai en 1898, muere en Nueva York, a los 105 años de edad, después de haber sido testigo y actora de las más grandiosas hazañas épicas en su país.

Es una de las tres hermanas Soong, cuyo padre urde braguetazos a la inversa, casándolas con celebridades. Ching-ling, la mayor, es nada menos que la esposa de Sun Yat-sen, el padre de la patria. Sin embargo, de lejos, Mayling descrita como “seductora, brillante, charmosa, sociable, elocuente, políglota y cosmopolita” es el inefable factor  de los eventos históricos domésticos y externos de la batalla intestina entre chinos. Educada en el elitista Wellesley College en EEUU, es la devota cristiana cuya belleza e inteligencia nata la llevan a forjar amistades imperecederas en los exclusivos círculos sociales y financieros de esa nación.

Hábil estratega, el generalísimo repudia a su primera esposa, acepta convertirse al catolicismo, y ya maduro se une en fastuoso matrimonio a la exuberante heredera. Como a ella le fascina el poder, cree que el fogueado militar es incluso atractivo “especialmente cuando no olvida calzarse su dentadura postiza”. Mayling está en todos aquellos episodios donde se hace la historia. Libera a su cautivo marido del llamado “incidente de Xian” (1936) para que prosiga su combate contra la ocupación japonesa, que se prolonga hasta la contienda mundial. Entretanto, Mayling impone su presencia al costado de su esposo en la cumbre de los tres grandes, realizada en El Cairo. Mientras que Roosevelt la encuentra encantadora, Churchill la juzga pesada y ambos sólo se fijan en aquella pierna que se atisba entre la apertura-cortina de su falda china. Terminada la guerra, es Mayling quien en sus innumerables viajes a Washington tramita y obtiene que la China nacionalista, empujada a la isla de Taiwán por la victoriosa larga marcha de Mao que culmina en Pekín, sea reconocida como miembro permanente con derecho a veto del recientemente creado Consejo de Seguridad.

Su poder se refleja en sus visitas a la capital americana, cuando Roosevelt la hospeda en la Casa Blanca. Más tarde,  recibe los homenajes de sucesivos presidentes como Truman (que la detesta), Eisenhower, Johnson y Nixon. Puesto que en política no hay amigos sino intereses, Kissinger,  en 1972, entabla una entente cordiale con Chou-en lai, y la China Popular no sólo es reconocida por Washington si no que desplaza a Taiwán en las Naciones Unidas. Traición, exclama Mayling.

A la muerte de Chiang Kai-shek, ocurrida en 1975, la frágil Mayling declina compartir el poder con Chiang Ching-kuo, único hijo de su marido y emigra a Nueva York, donde tiene relaciones en la alta sociedad americana y  partidarios en la colonia china. Allí deplora que la muerte se lleve a sus familiares y a coetáneos, incluyendo a su hijastro, entonces presidente de China Nacionalista. Luego de haber vivido entre tres siglos y bebido de dos culturas, entrega su alma a un solo Dios. El 23 de octubre de 2003, cesa de respirar durante su tranquilo sueño. Como premio póstumo a sus desvelos por la reunificación de una China próspera y democrática, el gobierno comunista la rehabilita y el máximo dirigente rojo envuelve con la bandera de la China  Popular el ataúd de esa indomable mujer, en  su suntuoso apartamento neoyorkino de Gracie Square. Desde entonces sus restos descansan en el cementerio Ferncliff de Manhattan.

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