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Madre Tierra

Una ley ambiental debiera estar acompañada de más hechos y menos palabras.

La Razón (Edición Impresa) / Miguel A. Leytón

00:00 / 06 de abril de 2014

Diariamente la hacemos sentir como una reina, la llenamos de guirnaldas de leyes que supuestamente la protegen, le regalamos un sinfín de adjetivos que enaltecen su obra e incluso organizamos en su nombre grandes eventos en los que su séquito jura defenderla y preservarla. Pero, ¿realmente nos importa lo que representa y pase con ella? ¿O es que solo la usamos como un instrumento más para obtener rédito político y económico?

El 22 de abril se cumplen 44 años desde que un activista de Estados Unidos —país que obtuvo la presea dorada por los 2.530 millones de emisiones de gases contaminantes— propuso el Día Internacional de la Madre Tierra, un mecanismo para crear conciencia sobre la contaminación y la preservación de la biodiversidad.

Cualquier daño ambiental en nuestro planeta nos provoca pánico, pero la responsabilidad de evitarlo nos tiene sin cuidado. El decidir ir a vivir a una ciudad con serios problemas ambientales irreparables como Chérnobyl, donde se respiran partículas de plomo y plutonio, o Dzerzhinsk, donde las fábricas de armamento de la Guerra Fría dejaron gases altamente tóxicos, sería absurdo. Sin embargo, estamos destinados a convivir, al igual que ellos, con la contaminación alimentada por nuestras acciones y políticas irresponsables de algunos gobiernos en contra de la naturaleza y las leyes que la protegen.

En Bolivia, según Lidema, en los últimos 12 años aumentaron de cinco a 17 los procesos de exploración que dañan a la Madre Tierra. La geotérmica de la laguna Colorada, proyectos petroleros y camineros que atentan contra siete áreas protegidas del país o la explotación del litio en el salar de Uyuni, son algunos de los emprendimientos que se desarrollan sin una previa evaluación ambiental estratégica lo suficientemente seria y responsable.

 Un ejemplo de ello es la ambiciosa extracción de litio, que busca producir 30.000 toneladas al año y empezó con la instalación de una planta piloto en el sudeste del salar. Sin embargo, de acuerdo con Lidema, la agresiva tecnología utilizada en la construcción de piscinas evaporíticas generó desde 2010 considerables impactos ambientales en la superficie de la región, que infringen los principios de la Ley de la Madre Tierra y alteran la calidad escénica del lugar por el tránsito de maquinaria.

Este caso, entre muchos, es tal vez el más gráfico para demostrar que una simple norma —que pregona el equilibrio y la armonía de la Madre Tierra— no garantiza su cuidado, pues ésta debiera estar acompañada de más hechos y menos palabras. Todo bajo el paraguas de evaluaciones responsables de impacto ambiental.

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