Columnistas

Maduro, Venezuela y las obsesiones

Venezuela siempre será difícil para las percepciones políticas y la cobertura periodística

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Atahuichi *

00:22 / 04 de abril de 2017

El día en que el diario El País de Madrid publicó una fotografía falsa que mostraba a un hombre intubado en una cama de hospital creyendo que se trataba del entonces convaleciente presidente de Venezuela, Hugo Chávez, solo desnudó su obsesión contra el mandatario latinoamericano.

Aquel 24 de enero de 2013 la edición impresa del periódico español había sido retirada de madrugada con una disculpa (La foto que El País nunca debió publicar), aunque sus rastros quedaron en la nube. La obsesión había superado al buen periodismo del que se jactaba el diario...Chávez y la Venezuela de ahora siempre fueron la fijación del rotativo español, a juzgar por sus contenidos no siempre ciertos respecto de su realidad. Se entiende por la dura línea conservadora del diario.

Ahora Venezuela sufre una aguda crisis política, económica e institucional, esto último por los vaivenes del Tribunal Supremo de Justicia respecto de una fallida decisión ante la inacción de la Asamblea Nacional, de mayoría opositora, sobre la habilitación “irregular” de tres legisladores.

A eso hay que añadirle la permanente confrontación del órgano legislativo con el gobierno de Nicolás Maduro, al que declaró “vacante” en una polémica sesión en enero. Sin contar las campañas de movilización que propiciaron/propician los líderes opositores Leopoldo López, encarcelado desde 2014 por incitación a la violencia, y el gobernador Henrique Capriles, uno de los dirigentes de la Mesa de Unidad (MUD), que intenta agrupar a los detractores de Maduro. 

A la crisis interna se suma el empeño permanente de líderes y políticos internacionales contra la administración de Venezuela, en una velada injerencia que en otros países seguro que no lo permitirían. Así destacan el presidente de Argentina, Mauricio Macri, o los expresidentes del gobierno español Felipe González o José María Aznar, de México Felipe Calderón (una vez cuestionó el juego “sucio” de la selección de Venezuela y hasta dijo que ésta parece que fue entrenada por Maduro) o de Bolivia Jorge Quiroga. Éste último acude de manera permanente a Venezuela y, a juzgar por sus mensajes, la mayoría de sus tuits o intervenciones internacionales está destinada a desacreditar al gobierno de Maduro.

Sin embargo, el que más ímpetu tiene con el gobierno venezolano es Luis Almagro, el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), que de manera recurrente insulta a Maduro. Hace días nomás dijo que aquél propicia un “régimen dictatorial”, sugirió elecciones en Venezuela e impulsa la ejecución de la Carta Democrática en esa nación, un mecanismo que, si es posible, faculta al organismo a retirar de su seno a un país miembro cuya institucionalidad u orden democrático se encuentren alterados.

Si bien Maduro puede resultar indefendible, porque sus acciones y sus mensajes son cuestionables, su administración sufre de constantes presiones, incluso de algunos medios de información que con recurrencia malinterpretan los hechos.

Ante la decisión del Supremo de tomarse atribuciones legislativas, decisión que luego retiró, muchos diarios atribuyeron la determinación a Maduro, al que calificaron de ser quien perpetró un “autogolpe”, en consonancia con la oposición. Como se sabe, este extremo es posible cuando un gobierno o una persona toma el control de los poderes del Estado, en desmedro de la democracia.

El diario Clarín de Argentina tituló Nicolás Maduro disolvió el Parlamento y la oposición habla de un “golpe de Estado”. Y en Bolivia, el diario Opinión dijo: Tribunal Supremo toma el Parlamento y la crisis en Venezuela se ahonda.

Ni lo uno ni lo otro, fue el Tribunal Supremo el que decidió asumir las funciones legislativas, y no tomó la Asamblea Legislativa. Al final, sí reculó, y la situación es normal aunque con serias dificultades. Venezuela siempre será difícil para las percepciones políticas y la cobertura periodística, aunque es capaz de resolver sus controversias íntimas, especialmente las del poder. Hace falta despojarse de las obsesiones para conocer mejor su complicada situación.

* es periodista.

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