Columnistas

Mala primavera, peor estío

Muchas de las primaveras árabes han devenido en fanatismos confesionales.

La Razón (Edición Impresa) / José Rafael Vilar

02:42 / 13 de octubre de 2015

Siempre he defendido la libertad y la democracia, por eso celebré las primaveras árabes que tuvieron lugar en los países de Oriente Medio y del Norte de África en años recientes, y critiqué las falsas democracias (dictaduras con formalidades democráticas) que hay en esas regiones; sin embargo, se ha podido constatar que muchas de esas primaveras devinieron en fanatismos confesionales.

El primer brote primaveral ocurrió en octubre de 2010 en el Sahara occidental. Le siguió Túnez en marzo siguiente, la única democracia lograda. Tras Túnez surgieron protestas menores en Argelia, Líbano, Jordania, Mauritania, Sudán, Yibuti, Somalia, Kuwait, Marruecos y Omán y Arabia Saudita. Complicadas fueron las de Iraq (que a poco le costaron el poder al primer ministro Al-Maliki) y de Bahréin, que terminó con la ocupación del país por tropas del Consejo de Cooperación del Golfo, encabezadas por Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, para fortalecer la monarquía. Así, hasta las más largas primaveras: la egipcia, hoy apaciguada, y la yemení, complicada por tribalismos que llevaron a la intervención saudí.

Y lo propio ocurrió con las de Libia y Siria, las más cruentas. En Libia, las protestas populares se convirtieron en una rebelión contra la dictadura de Gadafi, quien fue derrocado y después asesinado. A su vez, en Siria la violencia desatada por el régimen de Bashar Al-Asad contra las protestas por democracia desencadenaron una rebelión popular que fue respondida con más tropas y bombardeos aéreos. Originalmente, las rebeliones fueron lideradas por el Ejército Libre Sirio (prácticamente hoy desaparecido); mientras que del Consejo Nacional se fueron desgajando grupos cada vez más radicales de tendencia salafista suní (como es Arabia Saudita y como fue Al-Qaeda) hasta llegar al terror del grupo yihadista takfirista sunní denominado en el mundo árabe como Daesh —acrónimo del Estado Islámico de Iraq y Levante (ISIS, por sus siglas en inglés) o Califato del Estado Islámico (EI)— dominando grandes territorios en Siria e Iraq con suma crueldad.

La estrategia occidental fue cortoplacista, sin involucrarse directamente, apoyando a grupos rebeldes, muchas veces poco conocidos, con dinero, asesores y armas (caídas en manos salafistas). Como ocurrió en Afganistán donde el apoyo occidental a los muyahidines opuestos a la URSS se convirtió en Al Qaeda, en Iraq y en Siria el apoyo terminó en Al Nusra y en el Califato, que están aterrorizando a toda la región y provocando oleadas de refugiados (mezclados con migrantes económicos) que están colapsando a Europa y están dando lugar a una inesperada crisis humanitaria…

Y para confundir aún más este complejo escenario, múltiples intereses: Israel contra Hezbolah e Irán; Turquía contra los kurdos; salafistas suníes contra chiíes; Irán contra Israel; las monarquías contra Irán… Y Rusia con un Cáucaso a punto de explotar, plagado de extremistas islámicos y buscando reposicionarse como potencia. ¿Qué pasará? Hoy, dos coaliciones con intereses distintos combaten con bombardeos (hasta ahora) al Daesh: una, con EEUU, sus aliados occidentales, Turquía y los países del Golfo; la otra (hasta ahora más efectiva) de Rusia, Iraq, Irán y Siria (y con China cerca). Cientos de miles de muertos y muchos más huyendo impulsan meditar sobre cómo fueron hechas estas intervenciones. Peor si Donald Trump, campeón del conservadurismo en EEUU, considera que el mundo hoy sería más seguro con Saddam Hussein…  

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