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La era Mamani Mamani

Es un lugar común buscar en cada proceso revolucionario un correlato artístico-cultural, porque así lo quieren las mismas revoluciones, siempre necesitadas de reafirmar su identidad.

La Razón / Wálter Vargas

01:07 / 03 de noviembre de 2012

Es un lugar común buscar en cada proceso revolucionario un correlato artístico-cultural, porque así lo quieren las mismas revoluciones, siempre necesitadas de reafirmar su identidad y hegemonía. En los años 50 afloraron  en nuestro país los poemas de la revolución, las novelas de la revolución. También hubo un intento de reproducir el muralismo mexicano. Y en Rusia el “padrecito” Stalin expresó su tenebrosa época con un monumentalismo hosco y ófrico en los edificios de la otrora santa Rusia. Pues bien, parece que el proceso revolucionario que vivimos en el país ha encontrado en el pintor Roberto Mamani Mamani su dilecto representante.

Digo todo esto a propósito de un hecho llamativo ocurrido hace un par de semanas. Un comunicador puso el grito en el cielo porque la administración del estadio de Miraflores quitó un mural que Roberto Mamani Mamani había estampado en el frontis. Yo sinceramente me había alegrado de tal hecho, pero según ese profesional, al borrar ese mural se había destruido una obra maestra, algo imperdonable. El admirador del maestro pintor me dejó francamente perplejo, pues no puedo dejar de decir que lo que hace Mamani, con la excepción de alguno que otro intento por mejorar, es de la más deplorable pobreza artística.

Sesudos pensadores se han referido al kitsch artístico como problema de la decadencia cultural de una época, por ejemplo un Hermann Broch. No los alcanzo en sus densas reflexiones. Pero sí comparto desde el punto de vista del lego su impaciente requisitoria contra el mal gusto disfrazado de arte. Esos ojitos de una redondez hecha con compás, esos pescaditos pintados por aquí y por allá, esa triangulación usada para cerros y polleras por igual, esa insistencia en el escalonamiento seudo tiwanakota, ¿pueden llamarse arte? Y todo sumergido y vuelto a sumergir en una salsa de todos los colores posibles, siempre. La difamada clase media nacional tenía una palabra para este desborde de colores y tonos: “colorinche”. Lo que hace Mamani es verdaderamente colorinche. Y que no se me diga que esto es genuina estética aymara o andina, como afirma el propio Mamani, porque en tal caso, ¡qué pena por el arte andino!

Mamani también comparte con esta época esa ambivalencia característica del Gobierno masista, que combina discursos y prédicas pachamamistas con solventes operaciones marketineras que se sumergen sin rubor en el toma y daca del más rampante capitalismo. En la página web de Mamani encuentra uno ofertas de chucherías como almanaques y noticias sobre incursiones de su talento en ropa o cuerpos femeninos. En el caso de la obra mencionada, por ejemplo, como era un trabajo pagado por un programa de salud (motivo por el cual extraña más que se reclama reponer la obra), se agregaron unos bichitos atacando a las habituales figuras rechonchas. Como se dice ahora coloquialmente: vende su charque, y ni lo culpo ni lo censuro. Pero tengo el derecho como ciudadano de manifestar mi opinión, y rogar que por lo menos se reduzca el ritmo de su invasión de las paredes de la ciudad con sus obras maestras. Una última incursión mamaniana (la celebridad de nuestro artista obliga a ejercitar algún tipo de adjetivo identificador) está en el mercado Lanza, en el centro de la ciudad. Es lo de siempre, sólo que a cargo de un equipo de ejecutores a sueldo de su estética, y por lo tanto más desmañado aún, como suele ocurrir.

Esto me ayuda a agregar que, para ser justos, Mamani sólo es la cabeza más visible en una ola que amenaza con sus murales a una ciudad ya bastante aquejada de fealdad. Los muralistas paceños, apenas se los contrata para que pinten una pared, parecen obligados, o a recordarnos la letanía del sufrimiento histórico y la lucha del pueblo (caso Ministerio de Justicia en el Prado) o, moda más reciente, infatuar al espectador nativo con una visión de un pasado brillante con hojitas de coca y anuncios de que el gran día de todas maneras vendrá (como se puede ver en otro mural desagradable hecho en el mercado Camacho).

Sólo me consuelo al ver los comentarios del sitio web mencionado, pues compruebo que Dios ha tenido el cuidado de distribuir la necedad con equidad geográfica: por lo visto se festeja a Mamani en todo el mundo.

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