Columnistas

Mamita de Urkupiña

En Bolivia somos capos para combinar lo originario y lo cristiano según las necesidades cotidianas

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó

00:02 / 17 de agosto de 2014

Mientras hoy, 15 de agosto, escribo mi columna en El Alto, Urkupiña (junto a Cochabamba) está repleto con cientos de miles de peregrinos de todo el país e incluso del extranjero. Hay también bastantes candidatos electorales. El jueves se desarrolló la entrada y el viernes la procesión con las autoridades. Llallagua, junto a las minas de Catavi y Siglo XX, tuvo también el jueves su fastuosa Entrada de la Asunta con unas 40 fraternidades...

Sobre Urkupiña se presentó hace un año un hermoso documental de una hora y 33 minutos titulado María en tiempos de crisis, que recoge diez años de investigaciones de la antropóloga holandesa Sanna Derks, entre 2001 y 2011. Se centra en las polifacéticas relaciones entre el capital (expresado sobre todo en las piedras que los peregrinos arrancan del cerrito) y la fe en la Mamita, que les regala o adelanta ese capital pétreo que después se va “realizando” cumpliendo los sueños de los devotos: salud, trabajo, dinero, un título, su casa, su carro... El cerro rocoso es el banco y las piedras, su plata.

El documental se concentra en reproducir las actividades y palabras mismas de la gente; solo ocasionalmente se escucha la voz en off de la autora preguntando a algunos entrevistados. Otra particularidad agradable es que dedica mucho más tiempo a desarrollar la vida y devoción de esos personajes que al espectáculo mismo de la entrada. Esto aparece también, pero solo como contexto.

En medio de otros muchos relatos laterales, el personaje central es Virginia Willka, una encantadora y siempre sonriente viejita de 67 años, hija de un minero, quien, desde sus 15 años, forma pareja con un músico también de las minas. Ella tiene también en su casa, como tantos otros, un altarcito para la Mamita. Durante la fiesta se gana unos pesos adicionales haciendo sahumerios con su brasero y quemando “dulce misas” para las piedras y los objetos en miniatura que le presentan los peregrinos. El documental concluye mientras ella entona el canto tradicional quechua bendicionta churaykapuy waqch’a wawaykiman —da la bendición a este pobre (literal: huérfano) hijo tuyo—.

Otra historia a contrapunto en todo el film es la de una joven pareja de clase media que se ha endeudado bastante para montar un local de comidas y tragos que funciona todo el año. La Virgen ocupa un lugar prominente sobre los stands de bebidas en el local o, según las circunstancias, en la vivienda misma de la pareja, con una vela prendida. En las secuencias finales ambas coinciden: la joven “prestándose” piedras de la Virgen y la viejita echándoles sus sahumerios y ofreciendo su “dulce misa” para ellos, incluyendo cierto regateo con un tercero sobre el costo de todos esos servicios rituales. 

En el documental aparecen comerciantes de todo tipo, peregrinos de otras partes con sus respectivas vírgenes y advocaciones, como Copacabana desde el lago Titicaca, Luján desde la Argentina, etc. Todas ellas son “hemanitas”. Evo saluda a la gente en la fiesta y una vendedora de velas, al tiempo que cuestiona y distingue entre la religiosidad “pachamamánica” de Evo y la genuina y católica a Dios y a la Virgen, reconoce que él ha hecho más que los otros gobernantes para los pobres. El día final de Alasita se compran, como en tantas otras fiestas, objetos en miniatura y también lotes, con todos sus papeles en regla, que prefiguran lo que se espera conseguir pronto en la vida real, etc. En Bolivia somos capos para combinar lo originario y lo cristiano en función de las necesidades cotidianas.

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