Columnistas

Mandela al mejor postor

Ahora que ya no está entre nosotros, Mandela ha empezado a servir a todos los propósitos imaginables.

La Razón (Edición Impresa) / Rafael Archondo

00:00 / 09 de diciembre de 2013

Nelson Mandela pasará a la Historia como el personaje internacional más abarcador de los últimos tiempos. Si se repasa su itinerario fotográfico, uno lo encuentra posando con George Bush o Fidel Castro, Muammar Gadafi o Margaret Thatcher, Michael Jackson o el Papa. Casi podría decirse que fueron ellos, y no “Madiba”, los que procuraron su cercanía. Ahora que ha muerto, varias televisoras han recordado aquella secuencia de su retirada, el día en que decidió apartarse de los reflectores, pocas semanas antes de cumplir 86 años. Haciendo gala del humor más directo, exclamó antes de irse: “Ya no me llamen, yo los voy a llamar”.

Y claro, un observador superficial podrá decir que se hizo amigo del mundo entero sólo cuando pudo derrotarlo. De acuerdo con esta idea, los que lo ensalzan sin descanso fueron quienes sólo aspiraban a subirse al carro del vencedor. Visto de ese modo, Mandela no habría hecho ninguna concesión en su vida. Su victoria habría sido tan imponente, que no les habría dejado más opción, a derechistas e izquierdistas, que subirlo a un altar universal, donde ya nadie se atreva a cuestionarlo. Y en efecto, aquello parece cierto, porque sobre todo ahora que ya no está entre nosotros, Mandela ha empezado a servir a todos los propósitos imaginables. Lo veneran autoritarios y liberales de todos los colores y ademanes, cada uno en su trinchera, sin la menor perturbación o rubor.

Para fines de su canonización o banalización, que viene a ser casi lo mismo, lo aconsejable es quedarse con la estampa idílica del agraviado, el que sale de la mazmorra para abrazar a sus carceleros, a los que de todos modos les toca la retirada. He ahí la imagen más rentable, a la que nadie se resiste. “Lo encerraron y marginaron durante 27 años, pero su talante bondadoso y resistente lo terminó catapultando hacia el núcleo de las transformaciones”. La imagen seduce a cualquiera. Es el débil, provisto de razones, que termina validado y exculpando a sus verdugos. Nos está gritando que “el mal nunca triunfa”, que “el crimen nunca paga”, y que el futuro es de los perseverantes y magnánimos.

Pero, otra vez, el rigor nos obliga a recapacitar. Mandela era todo menos un santo. Fue un político excepcional, un hombre armado de cálculos posibilistas, un ser capaz de aterrizar ideales y de empujarlos en medio del fango y la greda. Fue guerrillero cuando el sistema no le dejaba otra zona habilitada de maniobra, fue intransigente cuando el viento hinchaba sus velas, y con seguridad, fue generoso con sus adversarios caídos, pero no por candidez, sino por pragmatismo.

Mandela venció al sistema de segregación racial, un anacronismo del siglo XX, pero lo hizo después de haber sido derrotado militarmente. La eficiente maquinaria represiva del régimen no tuvo contestación equivalente pese a la ayuda cubana o soviética. Del mismo modo, la consolidación del capitalismo sudafricano, de la mano de una élite blanca definitivamente arraigada en la cultura del país, es otro hecho que ni las simpatías comunistas del joven Mandela pudieron quebrantar. A Mandela pueden ponerle todas las aureolas que seguramente merece, pero para algunos seguirá siendo un líder político más que un líder moral. Por eso me voy con esa frase suya, ligeramente adulterada, “dejen de llamarlo, él lo va a estar haciendo”.  

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