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Mandela

Su enorme grandeza le permitió perdonar los horrores del racismo establecidos por el ‘apartheid’

La Razón / Carmen Beatriz Ruiz

01:21 / 12 de junio de 2013

Nelson Rolihlahla Mandela (en Sudáfrica lo llaman Madiba, que es la denominación de un título honorífico otorgado por los ancianos de su clan) está hospitalizado y lucha por su vida, dedicada a la construcción de la paz y a la democracia. El pueblo sudafricano y el mundo siguen paso a paso el último tramo de quien fuera el primer presidente negro elegido democráticamente mediante sufragio universal en Sudáfrica. 

Mandela nació un 18 de julio de 1918 en Mvezo, El Cabo, Unión de Sudáfrica. Fue uno de los 15 hijos de Henry Mgadla Mandela, del clan Madiba, de la etnia xhosa, consejero principal del Jefe Supremo de Thembuland (la tierra de los Thembu). Abogado y político, líder del Umkhonto we Sizwe, el brazo armado del Congreso Nacional Africano (CNA), fue un luchador incansable por la libertad. Ha recibido más de 250 premios y reconocimientos internacionales durante cuatro décadas, incluido en 1993 el Premio Nobel de la Paz.

No son un interés y una devoción gratuitos. Este hombre consagró su vida a demostrar que, pese a los horrores de los que los seres humanos somos capaces, también podemos construir episodios inmortales de respeto a la dignidad y a la convivencia humana. De mi visita a Sudáfrica en 2005 guardo dos recuerdos imborrables. El primero es haber estado en la que fuera su celda durante diez años, en la prisión de Robben Island, a la que seguirían otros 17 en diversas prisiones. El segundo es la experiencia de haber entrado al Museo del Apartheid a través de las puertas de la segregación racial que el Gobierno impuso en las estaciones de tren. La presencia de Mandela se sentía en cada edificio, cada gesto y cada logro de un país que entró “legalmente” al  apartheid al mismo tiempo (1973) que Estados Unidos promulgaba el fin de la segregación racial.

En 1991, el régimen sudafricano del Partido Nacional de Frederik Willem de Klerk abrogó la “última de las leyes que constituían la base legal del apartheid”. “Mandela y De Klerk compartieron en 1993 el Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos para establecer la democracia y la armonía racial en Sudáfrica”.

Mandela fue el primero y el mejor en muchas cosas. El prisionero político que duró más tiempo confinado; el primer presidente negro, democrático, elegido por votos de todos los grupos raciales, incluidos por primera vez en los comicios; el que inauguró la nueva era en Sudáfrica; el que firmó la Constitución de la República de Sudáfrica en 1996; el que al asumir su cargo de presidente renunció a una tercera parte del salario y creó el Fondo Nelson Mandela para la Infancia; el que entregó el poder a su sucesor, Thabo Mbeki, un 20 de junio de 1999; el que participó en numerosas negociaciones y se convirtió en una figura legendaria en la defensa de la dignidad y libertad de la población negra...

De la larga lista de sus méritos, sin embargo, la dimensión que prefiero, la que me conmueve hasta los huesos, es su capacidad de perdonar, porque creo que sólo su enorme grandeza de ser humano excepcional le dio la posibilidad de perdonar los horrores del racismo establecidos por la violencia y por las leyes del apartheid y, al mismo tiempo, generosidad y alegrías con las que ayudó a construir un país que, pese a múltiples avatares, sigue luchando por ser una República Democrática, así, con mayúsculas. Eterna memoria a Madiba y su esplendorosa sonrisa.

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